Pistas y mensajes en la TV cubana

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Por: Marla Muñoz

Determinados productos televisivos nacionales, y especialmente el mensaje de bien público -como creo suele nombrársele-, parecen estar hechos no solo para entretener y educar indistinta o simultáneamente, sino también para observar y valorar cómo se perciben algunas de las relaciones sociales en el país, comprobar en qué medida permanecen o desaparecen ciertos prejuicios y tabúes, apreciar hacia dónde se mueven distintas tendencias, ver qué nuevas maneras de expresarnos, de relacionarnos afloran. En otras palabras, para verificar los sentidos que acompañan a determinadas políticas y prácticas sociales. De ellas, me quiero detener en las que tienen que ver con las relaciones de género, sobre todo, y con las raciales en menor medida.

Unos años atrás, recuerdo bien, un programa dramatizado en torno a la discriminación racial condenaba la que se ejerce contra blancos y blancas. Me acuerdo que en una familia negra el padre se oponía a que el hijo se casara con una mujer blanca. No olvido tampoco que ese enfoque sobre las relaciones raciales cubanas contemporáneas produjo determinado revuelo, provocó algunas quejas y protestas.

Un anuncio sobre violencia intrafamiliar, doméstica, publicado recientemente, presenta a una pareja joven en la cual una mujer siempre enojada rechaza todos los gestos, colaborativos y bonitos, que el hombre le entrega. Esa mujer cubana que el producto revela es una verdadera fiera. El corolario que los realizadores procuran es transparente: en Cuba hay violencia de género contra los hombres, denunciémosla.

Respecto a los dos casos levemente esbozados, admitamos ante todo que nadie niega la existencia de sucesos de violencia contra hombres, como tampoco nadie pudiera desmentir que hay un racismo contra blancas y blancos. Ambas expresiones de ultraje conviven hoy en la Isla, entre y junto a otras. Todas las manifestaciones de exclusión y humillación de unos seres humanos respecto a otros son perversas. Contra todas ellas hay que trabajar. ¿Sí? Hasta ahí todo en orden.

Pero, como suele ocurrir razonablemente, ninguno de los casos comentados da cuenta de que la cuestión social tratada tiene, al menos, una cara más y diferente a la expuesta. Contraria. Es desde esa certidumbre inamovible que estas producciones colocan su énfasis en una determinada expresión de esos dos fenómenos. Nada raro: en cualquier producto elaborado por seres humanos sobre determinadas manifestaciones sociales, la denuncia, el descubrimiento, la apología, la crítica o lo que sea invariablemente va a ubicar el acento en el costado por el que el grupo de realización apuesta.

Sin embargo, tratándose de mensajes televisivos dirigidos en buena medida a educar, ante los casos y afirmaciones anteriores de inmediato se levantan intranquilos dos reparos principales: entre las manifestaciones de racismo, ¿contra quién es la discriminación que prevalece, cuál es la que se ejerce más en nuestro patio?; de las expresiones de violencia de género conocidas, ¿cuál es la predominante en la sociedad que vivimos día a día, cuál es la dominante, la más frecuente?

Las respuestas a esas preguntas básicas darían buenas pistas, con seguridad, para identificar lo más acertadamente posible qué tipo de campañas necesitamos más, qué mensajes son hoy más oportunos -por lo pronto, respecto a esos dos casos-, para poner al descubierto el verdadero estado actual de esas manifestaciones de poder, las razones de su extensión y permanencia en el comportamiento de muchos cubanos y cubanas, la situación de las intenciones de derrumbe existentes y las posibles vías que a ello puedan contribuir.

No estamos diciendo sobre cuáles de las caras de esos fenómenos hay que hablar y sobre qué otras no hay que hacerlo. Más bien nos preguntamos cuáles son las urgencias para abordar hoy, cuáles las ideas imprescindibles a poner sobre el tapete para que las personas sencillas reconozcamos fácilmente los hechos discriminatorios, excluyentes, por más acostumbrados que estemos a verlos con toda la naturalidad del mundo, y también los sustratos culturales desde los cuales la dominación los levantó. Porque eso último es lo que hay que remover primero para, desde ahí, deconstruir y refundar nuestras relaciones. ¿Es eso, no?

Seguramente coincidiremos en que, en la actualidad, está bastante de moda hablar de participación social, de lo participativo. Casi todos los campos de la vida nacional acuden cada vez más al término para dar cuenta, me parece a mí, de los más apremiantes deseos e intenciones de expansión de la socialización que, súbita y aceleradamente, buena parte de nuestras instituciones quiere hacer suyos. (Para mi gusto, aquí faltaría un detalle: poner en común de una buena vez qué estamos entendiendo por tal, hasta dónde extendemos o no los límites de esa compleja noción que, como muchas personas saben, no cae del cielo y contiene en sí inevitables zonas de disputa. Porque tiene que ver con el poder).

Si me he permitido esta digresión es porque recientemente el tema de El triángulo de la confianza -programa televisivo que transmite el Canal Habana- fue la televisión participativa, lo que, confieso rápidamente, no sé qué es. Sin embargo, volviendo a lo que aquí me ocupa, sí creo saber que la televisión revolucionaria tiene que ser educativa (lo que no significa aburrida), y que la educación, como nos esclarece el eminente pedagogo brasileño Paulo Freire, no es neutral políticamente.

Y eso es lo que me pareció escuchar en esa emisión de El triángulo… cuando la realizadora Magda González, experta en el medio televisivo, afirmó algo así como que en la TV cubana siempre hay que ir un poco más adelante. Dijo, creo haber entendido, que el mensaje de sus programas tiene que intencionarse en una dirección que no necesariamente ha de coincidir con la mentalidad actual de algunos fragmentos de público, por más numerosos que sean. No creo equivocarme si interpreto que ella sostuvo, de cierto modo, que la programación tiene que problematizar y transgredir. Para educar, acto que va más allá de inculcar ideas. De lo contrario, añado, nos bastaría con remedar a Pumarejo y, definitivamente, no es eso lo que la nación desea, por más exitoso que ese personaje haya podido ser, que lo fue.

Quiere decir que, una vez identificadas las urgencias, como ya dijimos, probablemente estaríamos en mejores condiciones para determinar qué ideas centrales deben subrayar esas intervenciones publicitarias con vistas a facilitar la comprensión (siempre difícil) de percepciones, normas y conductas excluyentes, estimadas naturales y normales por una buena cantidad de gente desde hace muchísimos años; para saber cuáles mensajes contribuyen mejor al progreso de las equidades sociales en esas esferas de la vida; a qué mayorías o minorías de seres humanos sufrientes tributan unos u otros de los extremos de esas comunicaciones.

Dicho de otro modo:

En los casos de las relaciones de género y raciales, al vuelo esas contestaciones parecen ser muy fáciles para un grupo de gente. Para otro, que no sabemos de qué tamaño es, esas respuestas evidentemente no son tan obvias. Es desde ese último grupo que, con seguridad, se producen materiales audiovisuales que se trasmiten como si nada por la TV nacional –como los dos casos aquí apuntados al inicio- y dejan un mensaje confuso, en el mejor de los casos.

Confuso, digo, para no decir peligroso. Porque al destinarse a la excepción o rareza de la regla, desde un dispositivo tan poderoso como es la TV, mecánicamente la habilita como norma; inmediatamente legitima su mensaje como denuncia de un hecho seguramente predominante. Y de esa manera complace a las personas, que no son pocas todavía y, en el fondo-fondo, siguen sin admitir que hasta hoy la mujer es la que ha estado y está más mal parada en las relaciones de género, que el racismo contundente es el que discrimina a negros y negras (al menos en Cuba eso es seguro).

Tal es, sin duda, el primer signo de ambos materiales. Pero no el único en el caso del anuncio de marras.
Esa pequeña cinta también contiene una trampa, consciente o no, pero sí astuta e insolente: una viñeta -que se inserta al parecer ingenua, entre las otras que sí se constituyen en fierezas de esa mujer en particular- inscribe como violencia contra el hombre el hecho de que la mujer rechace las relaciones sexuales en un momento determinado, en el instante exacto en que él las requiere, sin que medie deseo recíproco alguno por parte de ella.

Estamos, pues, ante una imagen cuyo mensaje, entre tanto acumulado machista, fácilmente puede pasar inadvertido como negativo por un buen grupo de gente. Por el contrario, la viñeta subraya como vigente e imperecedera la idea que cede al hombre el derecho de exclusividad a la hora de iniciar y efectuar el coito, que todavía está vivita y coleando en nuestro país. La imagen viene como anillo al dedo a las personas que piensan que la mujer–mujer está obligada a dejarse usar sexualmente cada vez que el hombre lo desee. ¿O es no hay gente que ve esto así?

En general, el anuncio refuerza la opinión de que, al menos, hay tanta violencia del hombre hacia la mujer como a la inversa. Significa que, como se dice, en ese campo hombres y mujeres estamos “a 99 iguales”.

Con esa percepción, por cierto, se tropieza a veces en talleres que abordan la violencia de género en algunos sectores populares en Cuba. Como ante otras violaciones y humillaciones, esa es una visión hasta cierto punto extendida popularmente entre las mujeres mismas, que no cede mientras no se profundiza suficientemente en el fenómeno. Lo raro entonces es que esta se exhiba como representación cierta en un producto elaborado profesionalmente porque sería como echarle leña al fuego. ¿Raro nada más?

Definitivamente, este anuncio entrega al público cubano, consumidor por excelencia de la TV, dos no verdades o, en la mejor de las interpretaciones, dos dudas o sospechas innecesarias: las mujeres cubanas practican la violencia de género contra los hombres; la mujer que no se somete al ejercicio del placer sexual en el momento exacto que determina el marido es violenta, es mala.

Pero la historia no para ahí. Contrariamente al caso anterior, otro anuncio acerca de la prevalencia de la tuberculosis por sexo -que se vale de versiones diversas de un juego de Verdadero o Falso—, intenta dar a conocer los desafíos que, respecto a esa enfermedad, plantea el desconocimiento del ABC de las cuestiones de género.

Mientras una de sus versiones confirma que las mujeres corremos más riesgos que los hombres de adquirir ese padecimiento porque, acostumbradas como estamos a ocuparnos de todos los miembros de la familia más que de nosotras mismas, no tomamos las previsiones personales necesarias al caso -incluyendo la visita oportuna al consultorio médico ante determinados síntomas-, otra versión sostiene que los hombres también están bajo el mismo riesgo. Ellos tampoco van al médico porque estiman que eso es “cosa de mujeres”. ¡Muy bien!, ¿no?

Claro que sí. Porque es altamente probable que la generalidad de las personas por sí misma no observe críticamente esas dos actitudes puntuales, resultantes de la cultura patriarcal, al parecer insignificantes y sin dudas presentes en grupos nada pequeños de las mujeres y hombres nuestros. Entonces, puesto que visibiliza maneras de vivir naturalizadas a lo largo de inequitativas y duraderas relaciones de género, que pudieran parecer tonterías pero no lo son, la idea del anuncio es excelente. Menos afortunado parece el cierre, reducido a una declaración final que sostiene algo así como que la tuberculosis no cree en los géneros.

En mi opinión, la única manera que veo de comprender a cabalidad estos mensajes y apropiarse de ellos es comparando el test dirigido a las mujeres con el destinado a los hombres, vinculando el contenido de ambos test con la declaración final. ¿Y qué posibilidades reales tendría la mayoría de los televidentes para someterse a ese ejercicio cuando, como me parece, de un lado las habilidades de recepción crítica de mensajes son todavía escasas y, de otro, la idea de que la TV es solamente para distraer está muy extendida?

En otras palabras: si bien la sustancia de ese anuncio -que descubre aspectos que no solemos ver- es de aplaudir, a mi modo de ver el diseño del mensaje resulta demasiado sofisticado para el estado de conocimiento del asunto en la mayoría de la población cubana. Creo entonces que no surte el efecto de denuncia, que me parece está en la intención del grupo de personas que lo creó.

No pasa lo mismo con algunos trozos de la telenovela cubana de turno. Mucho más llana, una de sus escenas pone en pantalla a una hija adulta que al hallar a su madre haciendo el amor con el novio de una amiguita –muchacha bastante acosadora, por cierto-, responde con un grito de auténtico terror como si lo que hubiera encontrado fuera al malvado apuñaleando a la pobre mujer, que lo único que hizo fue usar su derecho al placer sexual al igual que el hombre, porque están enamorados. El mensaje es, al menos, contraproducente, absurdo, extemporáneo. Y lo que es peor, está contenido en uno de los espacios de mayor teleaudiencia.

Estas certezas de unos e incertidumbres de otros exigen, me parece, de una mediación que -como apunté más arriba a propósito de una de las intervenciones de Magda González en El triángulo…-, seguramente está en la educación. Pero no en la educación entendida solo como instrucción, escolaridad, sino otra, más respondona, más traviesa, que acoja con naturalidad las dudas y las preguntas con que, nos guste o no, viene la vida; que aparte del camino, el temor a la crítica y a la falta de unanimidad; que no se sonroje con lo hasta ayer tabú; que finalmente nos prepare para no morir de susto si se nos mueve nuestro propio piso y, en su lugar, nos ayude a erguirnos y construirnos otro de entramado y solidez diferentes.

Así, para reconocer definitivamente que la discriminación racial irrefutable a que nos enfrentamos acá es la que se ejerce contra negros y negras, no estaría de más acercarse al teólogo brasileño Leonardo Boff para saber de una vez por todas que “(…) durante el período colonial, y la correspondiente esclavitud y racismo, el ser negro (en nuestras tierras) significó ser no pueblo, carecer de autonomía, de proyecto propio; ser no persona; no ciudadano y, por consiguiente, ser arrojado al barracón al solar o la favela; ser signo de no digno, no inteligente, inferior”. ¿Suficiente?

Por su parte, en cuanto a la violencia de género, ya deberíamos compartir junto a Mariela Castro que “también se trabaja (en Cuba) en prevención de la violencia hacia las mujeres. (…) La manera de humillar a la mujer, de descalificar cualquier cosa que diga o haga, de depositarle la responsabilidad absoluta del hogar o de los hijos, o engañarla, son maneras de violentarla. Hasta el silencio es una forma de violencia psicológica”.

Esas dos son, en mi parecer, las caras de esas cuestiones sociales que hay que combatir con mayor decisión. Nos guste o no, son estas aquí apuntadas las manifestaciones dominantes en el campo de las inequidades e injusticias de género y de raza, respecto a las cuales, sobre todo, deben hacer su aporte los productos televisivos.

Por suerte, apenas a inicios de febrero de 2011, la joven periodista Leslie Salgado ha iniciado un breve espacio diario en el noticiario del Canal Habana sobre el tema de la violencia de género. En su primera edición, la investigadora Clotilde Proveyer fue enfática al subrayar que la violencia predominante es la que los hombres ejercen contra las mujeres. Y también contra niños, niñas y ancianos. Más de una vez esa estudiosa cubana del fenómeno de la violencia la calificó de masculina. ¿Qué más?

Tomado de Boletín Género y Comunicación de SEMlac

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