Besos robados/ cuerpos ausentes

Posted at 15:24 under Diversidad sexual,General

Autor: Norge Espinosa

Ante el público enfebrecido que rebosa el estadio River Plate, Madonna se adelanta sobre la pista para cantar uno de los temas que promueve en su Sticky and Sweet Tour. Cuatro bailarinas, luciendo trajes semejantes a los que la propia Reina del Pop ha utilizado a lo largo de su trayectoria, aparecen remedando algunas de sus más conocidas poses. La canción se llama “She´s not me”, y Madonna la usa para denunciar a sus imitadoras, al tiempo que para hacer una irónica referencia a sí misma. En plena coreografía, se inclina sobre una de las muchachas y la besa, en referencia al célebre instante que compartió con Christina Aguilera y Britney Spears durante una ceremonia de los premios MTV. El espectador cubano, que vio parte de ese concierto en la noche del 1 de agosto de este 2010, no pudo reaccionar ante ese momento. Tampoco vio la versión del video en el cual la propia Christina Aguilera, mientras se escucha la letra de su famoso single “Beatiful”, presentaba, entre varias parejas, a dos homosexuales enlazados en beso no menos famoso que aquel que compartiera con Britney y la Chica Material, tampoco visto aquí en su momento gracias a manos y tijeras demasiado piadosas. Esto ocurría a menos de 24 horas de que en el Canal Cubavisión se proyectara el filme Chloe, protagonizado por Julianne Moore, donde la conocida actriz asumía un personaje de matices lésbicos. Digo matices y no otra cosa porque la copia exhibida en “La película del Sábado” tampoco mostró al espectador las escenas en que el personaje entraba de lleno en esa parte de su historia. Los cuerpos ausentes, los besos robados, siguen siendo el lugar común en el cual la representación de sujetos homoeróticos hacen coincidir a la mayoría de nuestras propuestas televisivas, aun cuando, como en la mayoría de los casos aquí mencionados, la transmisión de dichos materiales ocurre cuando ya es cercana la medianoche.

La explosión de series norteamericanas que desde hace ya un tiempo atrás inundó la programación televisiva cubana ha padecido los mismos recelos. El público conoció, en horarios tardíos, temporadas de Oz, Dos metros bajo tierra y Anatomía de Grey donde si bien el tema homoerótico es ineludible en tanto parte crucial de dichas tramas y de sus inteligentes guiones, los acercamientos físicos, la expresión carnal de un deseo diferente, era minuciosamente extirpado. Los gays, las lesbianas, los bisexuales y transexuales de esas series podían hablar de sus anhelos eróticos, pero tenían vedado, al menos ante nuestros ojos, la posibilidad de materializarlos. Una castidad en términos de visibilidad ciega cae como hoja de parra ante esos sujetos, los cuales, para decirlo con Oscar Wilde, siguen personificando el amor que si bien se atreve a decir su nombre, no pueden aún mostrarlo con idéntica libertad.

Desde el lado cubano, la representación de la comunidad LGTB sigue dictada por la pacatería o la falta de una comprensión sincera, en un arco que va desde el tópico risible y encartonado, a los mensajes de una tolerancia que, en su asepsia, acaba por ser hipócrita o inocua. El ejemplo de La cara oculta de la luna demostró cuánto falta aún para asumir con naturalidad una historia donde a través del prisma del VIH/ SIDA distintas zonas de nuestra realidad puedan ser releídas desde una postura menos rígida. Los acontecimientos y opiniones que rondan ahora mismo a las emisiones de Aquí estamos, varios años después, no hacen más que confirmar el modo reticente en que respondemos a ciertas señales. El emplear un horario tan doméstico y poco progresivo entre nosotros como el de la telenovela para acelerar esos aspectos no ha sido exactamente un experimento exitoso: donde producciones brasileñas muestran a lesbianas y homosexuales con sutileza y aun buen humor, las propuestas del patio no consiguen mucho más que escozores, basados en los prejuicios que las campañas persuasivas y poco eficaces de educación sexual siguen sin remover, y hay que decirlo: en la escasa calidad de guiones y actuaciones estereotipadas que rara vez dejan hueco a empeños de verdadero rigor. Una telenovela como la mencionada Aquí estamos parece interesar y molestar más por la presencia de una poco convincente pareja lésbica que por otras zonas de su no muy sólida cadena argumental: las buenas intenciones no siempre marcan el mejor camino. Acaso lo más preocupante de todo ello es que tales manifestaciones coinciden en el escenario donde el CENESEX, la UNEAC, el Centro Nacional de Prevención de las ITS y otras entidades como la AHS, el MINCULT, etc., han ido activando zonas de intercambio que aspiran a que, de una vez y por todas, asumamos ese maltratado concepto de “diversidad” que, a fuerza de sacudirse indiscriminadamente en discursos de muy variopinta argumentación, ya comienza a parecer una frase de cajón, un lugar llano y común donde ni siquiera aquello que debería sentirse elementalmente representado encuentra un espacio veraz donde proclamar sus anhelos y sus rostros.

Lo más curioso es que esto ocurre cuando la propia televisión se hace eco de una cantidad francamente notable de promociones que alertan sobre enfermedades de transmisión sexual, y no pocos spots hacen un llamado a la tolerancia y al llevado y traído asunto del respeto al otro, en términos de convivencia y diálogo que retardan sus efectos ante la regresiva manera en que el propio medio elude las expresiones plenas de esos sujetos a los que dice representar. Se sigue viendo, desde el margen de buenas intenciones que parecen proclamar esos materiales, al homosexual, a la lesbiana, al paciente de VIH/ SIDA como “casos” a los cuales sólo es posible dedicar comprensión, atención de salud o una conmiseración que nos hace tragar en seco antes de que los actores que aparecen en ellas nos expliquen que también esas personas merecen un sitio en nuestra sociedad. Un discurso que calla los límites de riesgo y asimilación auténtica de tales rostros es el que se maneja en la mayoría de esas imágenes, aspirantes a una asunción aséptica de los conflictos que pueden generar esas actitudes en la vida, y lo que debiera proponerse como debate real ante las circunstancias que ellas representan se oscurece desde el propósito de blanquear hechos y dilemas que hace ya mucho, en otros lugares del mundo, dejaron de ser noticia. Aunque el espectador cubano, hablando de noticias, tenga que enterarse de la aprobación de la ley que permite a los argentinos el matrimonio entre personas del mismo sexo casi por azar, como un cintillo que corre durante un reportaje sobre otro tema, proveniente de la emisora Telesur. Una periodista cubana reportó para ese mismo canal acerca de las acciones del Pabellón Cuba y otras sedes capitalinas alrededor de la tercera celebración en nuestro país del Día Mundial de Lucha contra La Homofobia. Ese otro reportaje, sin embargo, producido aquí y con información sobre lo que ahora mismo hacen algunos a favor de una transparencia real sobre el tema, no llegó a los espacios informativos de la televisión nacional, que por segunda vez eligió referirse lo menos posible a estas acciones, obviando mencionar siquiera de pasada el hecho en el resumen semanal correspondiente a esas jornadas. Vaya paradoja: los homosexuales y lesbianas de nuestras producciones no son, en términos de trazado sicológico, más creíbles ni demasiado distintos que los encartonados policías y agentes del orden que se dejan ver en policíacos y spots: falta en ellos un índice de credibilidad que les permita sobrepasar el grado de caricatura nada humorística que padecen desde los guiones e interpretaciones, y que a su vez, nos hacen padecer casi a todos el rol de espectadores incómodos.

El 14 de mayo pasado, la sala Villena de la UNEAC no dio abasto. Previo a los debates y encuentros que se sucederían al día siguiente en el Pabellón Cuba y el Cine La Rampa, y dos días antes de que el Centro Cultural El Mejunje de Santa Clara inundara un buen pedazo de la calle Martha Abreu para convocar a quien quisiera en un día íntegro dedicado a la lucha contra la Homofobia, desde allí se propició un espacio abierto a lo que sabemos, somos y aún no, con respecto a todo ello, desde una voluntad de cultura y civismo que debiera ser, en muchos otros órdenes, más frecuente entre nosotros. Un público que se movilizó en su mayoría gracias al boca a boca, se agolpó ahí para escuchar a los especialistas del CENESEX, los artistas y críticos convocados a dialogar sobre la representación del homoerotismo y sus diversas expresiones en Cuba, aplaudir la premier del documental En cuerpo equivocado, de Marilyn Solaya, celebrar las fotografías de Eduardo Rodríguez, asistir al panel que representantes del Centro Martin Luther King y otras iglesias dirigieron acerca de sus vínculos con un concepto inclusivo de la diversidad sexual, comprar libros, revistas, etc.

Presentando el volumen que recopila las últimas mesas de la Revista Temas, Rufo Caballero saludaba el que ya tuviéramos la posibilidad de ver salir a “las reinas a la calle”. Pero se preguntaba, luego de la fiesta y esa oportunidad, qué. Cómo amparar, liberar, otorgar un espacio de veras respirable a esos y otros cuerpos y rostros que merecen y necesitan un espacio más extenso que el de unas 24 horas en las que puede agotarse demasiado rápidamente la ficción de un respeto que no llega a incorporarse de modo más firme ni certero en tantos otros espacios, en tantas otras maneras de comprender, y discutir, y asimilar esos y otros conflictos. La pregunta vale para enunciarla en muchas otras escalas, y para exigir un compromiso que rebase las normas de una campaña promocional, y alcance un calendario donde la celebración no tenga que arrebatar sitio al Día del Campesino o al del Trabajador de las Telecomunicaciones: si hablamos sólo de fechas podemos empezar a hablar (también) sólo de acto formal y gesto pasado. En ese orden de participación y apertura todos los gestos pesan: desde el policía receloso que insiste en detener a quien crea portador de algún síntoma de sospecha, hasta la manera en que se cercena una imagen para valernos del viejo pretexto con el cual avisamos que aún no estamos preparados para ver ciertas cosas. Coincidiendo, en el 2008, con la primera ocasión en Cuba que celebró el Día Mundial de Lucha contra La Homofobia, la televisión proyectó Brokeback mountain. No faltaron, entre las protestas que temen una suerte de invasión gay a toda la sociedad cubana, las voces que hablaron de niños que a esa hora, aún despiertos, podían contagiarse con el filme y transformarse en homosexuales de la noche a la mañana, como los ya célebres vaqueros de Wyoming. Lo que se esconde tras semejante terror demuestra cuánto falta por hacer, cuánto sobreestimamos lo que hemos hecho, y cuán poco nos han ayudado ciertos medios a desterrar tabúes, tópicos y estereotipos que aún avergüenzan. Me encantaría que la televisión cubana transmitiera, de una vez y por todas, filmes como Parting glances, I shot Andy Warhol, Stonewall, Madam Satá, Go fish, Fucking Amal, Adventures of Priscilla Queen of the Desert, The Laramie Project, Angels in America, Rent, y muchas más; acaso poco “apropiadas” para el gusto de esa hipotética y previsible familia en la que se piensa cuando se programan filmes en la tarde de cada domingo; pero tal vez útiles cuando reflexionamos sobre un concepto de familia en la cual, como sucede ya, los roles no siempre se juegan desde los mismos extremos del tablero.

Me gustaría que la televisión cubana y nuestros medios (no únicamente los que hacen circular datos y cifras por correo electrónico o publicaciones digitales cuyo objetivo, definitivamente, está más cercano al consumidor extranjero que puede acceder a la Internet), no sólo dieran una cabida justa a lo que tantos hacen en pro de una diversidad menos cargada de etiquetas y campañas, sino que hicieran avanzar sus discursos hacia una asunción menos plagada de prerrogativas al respecto. No con el objetivo de demostrar que se es tolerante desde el poder que controla ciertos espacios de legitimación, ni con el empeño de homosexualizar la existencia de los otros. Sino desde el propósito, natural y verdadero, de mostrar la vida en toda su dimensión, desde un compromiso con la realidad donde la noticia no cubra sólo algún instante de esas 24 horas de festejo, a fin de que nadie sienta que roba el aire de otros, ni de que se ha de ser distinto desde la caricatura para ser asimilado, ni enfermo, ni inferior en grado alguno. De ser así, entonces tal vez podríamos, algún día, ver el beso que comparten Keith y David en Dos metros bajo tierra, o el que revela nuevas aristas en la trama de la doctora Erica Han y la quiropedista Callie Torres. O el que Madonna, a sus 51 años, no duda en dar a una de sus bailarinas, a sabiendas de que durante ese instante las luces de las cámaras del mundo van a iluminarla, provocativamente, con un poco más (o un mucho más) de  intensidad.

Norge Espinosa Mendoza

(Santa Clara, 1971).

Poeta y dramaturgo.

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