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Jueves 30 / marzo / 2017

Niños o niñas problema ¿Culpabilidad de los Padres? (Parte II)

Filed under: adolescencia,Para la familia — prevemi — marzo 30th, 2017 — 2:55

Para cualquier familia la educación de sus hijos es una preocupación fundamental. Para muchos, es una tarea que, con independencia de una u otra inevitable escaramuza, transcurre sin grandes complejidades. Para otros es tarea mucho más difícil, sobre todo cuando tienen hijos que exhiben en mayor o menor grado, comportamientos problemáticos que entorpecen su formación. Comprender lo que ocurre es muy importante… pero más importante es saber qué hacer.

Por: Miguel Ángel Roca Perara

“Lo he intentado todo… ¡pero ya nada funciona!” Con esta declaración empiezan a contar sus cuitas los padres de casi todos los “niños-problema”, de aquí que su demanda implícita, no declarada, sea “¡ofrézcame algo distinto!”.

Para quienes trabajamos en cualquiera de lo que se define como profesiones de ayuda, rápidamente surge la tentación de tener a mano y ofertar de inmediato ese “algo distinto”… sin tener en cuenta que podemos simplificar o trivializar un asunto de alta complejidad y, de nuevo, ofrecer “más de lo mismo”, lo que agudiza la situación de desesperanza y desamparo que ya había hecho presa de los padres de estos niños.

¿Qué hacer entonces? Sin ánimos de recetar ni de ofrecer inexistentes panaceas para un asunto de difícil pronóstico —no por el asunto en sí mismo, sino por la multiplicidad de contingencias en su entorno que muchas veces escapan al control—, y tomando en cuenta la enorme variabilidad de diferencias individuales y contextuales presentes para cada niño, me atrevería a hacer algunas reflexiones:

Primero que todo, resulta pertinente ofrecer una sencilla respuesta a la interrogante que da título a este trabajo ¿Culpabilidad de los padres? NO ¿Responsabilidad en mayor o menor medida? SÍ. Puede parecer una simpleza, pero es casi una declaración de principios para que los padres puedan asumir una postura efectiva al afrontar las dificultades de sus hijos, ¡aún sin tratarse de niños-problema!

Pido excusas para una momentánea digresión que quiero hacer —polémica con toda intención— y que me va a servir para comentar algunas ideas que quiero expresar a continuación. A mi padre le gustaba decir que cuando uno tiene un caballo y vive en la montaña, está obligado a llevarlo todos los días al río a tomar agua. La forma en que usted lleve al caballo a beber agua es su responsabilidad y su asunto, usted decide si baja al caballo a todo galope montaña abajo, dándole “espolazos” de todo tipo, si baja despacito, si baja caminando a su lado, e incluso —si usted es lo suficientemente fuerte para ello— si se echa al caballo sobre sus hombros… Cualquiera de estas formas —¡como casi todo en la vida!— tiene sus ventajas y desventajas. Pero una vez que el caballo llegó al río, si tomó agua o no, e incluso la cantidad de agua que tomó, ¡es un asunto del caballo! Como se dice en un conocido programa televisivo, ¡saque usted sus propias conclusiones!

En la vida algunos asuntos están en manos de uno, pero otros muchos se escapan de control, aún con nuestras mejores intenciones, de ahí el riesgo de sentirse culpable por todo lo que ocurre alrededor… incluida la crianza de los hijos. Cuando una persona se siente culpable de algo se siente mala, inefectiva, incapaz; trata de resolver las cosas por sus propios medios para “pagar lo mal hecho”. Ello les quita participación en la solución de los problemas a los demás, y los convierte en cómodos censores de todo lo que sale mal. Paradójicamente, muchas veces, cuando la persona es verdaderamente culpable de algo apenas experimenta nada de lo referido.

Por esta razón, y por el hecho real de que es imposible que alguien sea culpable de todo lo que acontece en su cotidianidad —lo que no excluye la responsabilidad que sí tienen las personas ante determinados acontecimientos de la vida—, en las Ciencias Sociales, y particularmente en la Psicoterapia, se ha incluido el confuso término “empoderamiento” —proveniente de la expresión en lengua inglesa, de difícil traducción “empowerment”— que, más allá de complejas consideraciones semánticas, nos habla de la intencionalidad de hacer que los padres vivencien la sensación de poder (Webster-Stratton y Herbert).

Y lograr esto —por una vía u otra— presupone que los padres incrementen su autoestima, que sientan que no son simples marionetas en manos de sus hijos, que pueden haber hecho muchas cosas mal pero que también han hecho otras cosas mejor, que se entrenen en formas comunicativas más efectivas que les permitan hacer valer sus derechos, que sean capaces de comprometer a los demás —¡que también tienen responsabilidades!— en hacer de sus hijos buenos ciudadanos. Alcanzarlo no es tarea fácil, pero cuando se logra, se incrementa la sensación de autoridad que es percibida por sus hijos como una señal de que la impunidad, en que hasta ahora iban las cosas, muy pronto puede empezar a extinguirse: Cuando un hijo ve a sus padres débiles e impotentes siente que puede hacer lo que le venga en ganas porque “no pasa nada”… pero cuando los ve “poderosos”, se autocontrola un poco más.

De todos modos, comencé por decir que iba a ser polémico con intención, y dejar las cosas aquí sería, confirmar que los padres SÍ eran culpables de los problemas de sus hijos y que con sólo atenderlos y orientarlos a ellos todo estaría resuelto. Nada más lejos de la realidad, la más simple de las problemáticas en la educación infantil es siempre multi-causada y todos y cada uno de los factores causales o influyentes deben ser tenidos en cuenta en la búsqueda de una óptima solución.

Los factores constitucionales y genéticos se mezclan con los factores culturales y ambientales de una manera tan compleja que ninguno de ellos debe ser ignorado.

La falta de concentración, la torpeza motora, la hiperactividad, o el comportamiento delictivo de un niño, pueden estar sustentados por algún tipo de disfunción o lesión neurológica, e incluso, por determinadas condiciones temperamentales dadas por el tipo de Actividad Nerviosa Superior, que de no ser correctamente atendidas y tratadas pueden hacer fracasar a la más elaborada estrategia educativa. Es importante el enfoque interdisciplinario por cuanto un niño puede tener un comportamiento muy inadaptado y problemático a pesar de tener las óptimas condiciones físicas y de salud, y viceversa, un niño con importantes lesiones neurológicas puede estar muy bien integrado y adaptado a su entorno social. Es aquí, entonces, donde el aprendizaje y el contexto sociocultural, particular pero no exclusivamente familiar, en el que a un determinado niño o niña le ha tocado vivir, deben ser seriamente tomados en consideración.

Desde la más tierna infancia, los niños son expuestos, y aprenden bien de ellos, a determinados modelos… que no necesariamente son los mejores portadores de las normas y valores a los que convoca la sociedad. Es lamentable, pero cuando un niño o niña ha estado expuesto desde su más tierna infancia como parte de su cotidianidad —sobre todo en el contexto familiar, pero también en la barriada, en la escuela o en la sociedad en su conjunto— a la violencia, a comportamientos destructivos, a la irresponsabilidad y la violación de las más elementales normas de convivencia, incluidos los derechos de los demás, y reproduce estas conductas en otros contextos, se comporta de manera “adaptativa”, acorde a lo que aprendió… aunque ello no tenga nada que ver o incluso contradiga lo que la cultura y la sociedad pretenden.

En estos casos el pronóstico es mucho más reservado; los psicoterapeutas de experiencia saben que es muy difícil —¡aunque no del todo imposible!— fomentar un comportamiento social conforme a las expectativas socialmente deseadas cuando el niño está constantemente expuesto a modelos no deseables que contradicen estas expectativas… sin pretensiones lapidarias podríamos citar el sabio refrán de “hijo de gatos, caza ratones”. Lo cierto es que es mucho más fácil, si se parte de cero, fomentar lo positivo que “desmontar” comportamientos no deseados (Reinecke y cols.) para implementar entonces otras conductas y actitudes más deseables.

Aún en estos casos, aunque conservador, prefiero no ser fatalista (y sí consecuente) con lo que he defendido acerca de la multicausalidad. Muchos de estos niños o niñas, a pesar de una alta y real responsabilidad de los padres en su comportamiento, llegan a ser buenos ciudadanos gracias a la efectividad educativa de otras influencias (otros familiares, los vecinos, la escuela, las instituciones sociales, etc.) e inclusive gracias a su propio auto desarrollo y crecimiento personal.

Están implícitas, entonces, otras dos ideas fundamentales para brindarles atención y lograr su óptima inserción social: el papel de otras personas e instituciones más allá de la familia, y el propio potencial humano del niño o niña en cuestión.

Otras personas o instituciones pueden de esta manera, resultar decisivas para lograr revertir, para bien, la condición de niños-problema. Pueden hacerse muchas cosas por parte de otros familiares, vecinos y sobre todo la escuela, pero lo esencial radica en no estigmatizar, ni discriminar, ni “etiquetar” a este niño, o niña, y su familia; ello sólo agudizaría la problemática, como señalábamos en la primera parte de este trabajo.

Asumir una postura de inclusión y aceptación es siempre mucho más beneficioso que la nociva exclusión que hace sentir a la persona —en el caso que nos ocupa, el niño y su familia— como discriminada y marginada, lo que genera irritación y resentimiento, que lejos de favorecer, agravan la situación. Cualquier problema humano es resuelto de manera más efectiva cuando se tiene acceso a sólidas y efectivas redes de apoyo social (Roca y Pérez) que cuando se está privado de sus muy beneficiosos efectos potenciales.

De igual manera, el uso de “etiquetas” (“malcriado”, “irresponsable”, “insoportable”, “pre-delincuente”, etc.) debe ser erradicado pues las mismas “se quedan” y la persona puede tender a comportarse en consecuencia con lo que estas expresan.

Afortunadamente no siempre sucede así, aunque “queden” las etiquetas. Desde lo anecdótico, tengo un buen amigo de adolescencia y juventud al que por su desordenado comportamiento cotidiano le decían “el loco”. Más de 30 años después, nunca ha visitado un Hospital Psiquiátrico, es un calmado padre de familia y excelente ingeniero… pero cada vez que nos reunimos sigue siendo “el loco”; favorablemente el no se lo cree.

Hemos abordado los factores presentes en esta problemática y apenas hemos hablado sobre el principal protagonista de todo el proceso (Roca, 1998): el niño o la niña en cuestión. No basta con modificar, aunque sea para bien, todo aquello que conspira contra su óptima inserción social; es imprescindible trabajar con él o ella, sobre todo porque regularmente ha sido víctima de maltrato en su amor propio y valía personal, o tiene pocas habilidades para comunicarse productivamente con los demás y que, por esa razón, ha sido tantas veces rechazado, o rechazada, que su comportamiento y actitudes hacia los demás son regularmente hostiles…

A estos niños hay que dedicarles tiempo y tener mucha paciencia con ellos. Es muy importante centrarse más en lo bueno que hacen que en reprocharles lo que suponemos que hacen mal y deberían hacer mejor:

Se le hace más bien a un niño que se esforzó mucho para un examen y obtuvo calificaciones de 89 puntos cuando le ponemos una mano en el hombro y le decimos con satisfacción que “¡casi sacas Excelente… para la próxima lo logras!” que cuando a otro niño que obtuvo 99 puntos lo miramos con cara de decepción y le preguntamos “¿dónde fue que perdiste el punto?”. Por lo general al niño problema se le trata de esta última manera: magnificando sus insuficiencias y minimizando o ignorando sus logros…

Es igualmente importante, cuando sea inevitable reprenderlo, censurar sus actos y no a la persona: no es lo mismo decirle “¡dijiste una mentira!”, que “¡tú eres un mentiroso!”. En el primer caso se sanciona el acto, en el segundo se califica a una persona; en el primer caso se trata de un hecho casual, en el segundo se afirma que la persona ES así y por lo tanto tiene pocas posibilidades de cambiar.

En cualquier caso, con estos niños —más allá de diferencias individuales que siempre dan una dirección específica al trabajo profesional—, no se debe perder cualquier oportunidad de elogio, de reconocer aquello que han hecho bien y de fortalecer su amor propio, a la par de no desaprovechar ocasión alguna para fomentar en ellos cualquier habilidad que los ayude a desempeñarse eficazmente en el complejo entramado de sus relaciones interpersonales cotidianas.

En torno a un “niño o niña-problema” giran muchos vectores de fuerza a tener en cuenta, para comprenderlo y para lograr vías que implementen su óptima inserción social, que trascienden muchas veces la no poca importante responsabilidad de los padres. Entonces, volvemos a la historieta inicial ¿a qué se deberá que un caballo no quiera tomar agua y otro sí, o que uno tome más que el otro?

http://www.sld.cu/saludvida/jovenes/temas.php?idv=6209

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Miércoles 15 / febrero / 2017

Cuidado con el castigo

Filed under: Para la familia,Para profesores — prevemi — febrero 15th, 2017 — 1:56

El castigo es posiblemente una de las prácticas más utilizadas en el seno de la familia. Son diversos los que se emplean como “estrategia educativa”. Sin embargo, el uso sistemático del castigo como acción correctora principal puede acarrear consecuencias negativas que deben evitarse.

Por: Dionisio F. Zaldívar Pérez

Entendemos por castigo cualquier acción que ejecuta una persona, y que causa la aversión del que la recibe, empleado como elemento correctivo o de control con la finalidad de eliminar una conducta o comportamiento molesto o inadecuado.

Entre los castigos más frecuentes se encuentran:

El tiempo fuera (sacar o prohibir al sujeto permanecer en el lugar o contexto donde ha exhibido una conducta considerada molesta o inapropiada enviándolo a dormir, etc.)

El retiro de reforzadores o estímulos positivos (prohibición de ver la TV, de salir a jugar con los amigos, etc.)

El castigo físico (que por supuesto no tiene nada de educativo).

Las causas más frecuentes por las cuales se castiga a un niño son: desobedecer las órdenes o indicaciones de los adultos; actividad excesiva del niño (hiperactividad) que resulta molesta para los adultos; rebeldía (actitud desafiante ante los padres u otros adultos); mala comunicación padres-hijos; irritabilidad, frustración o malestar de los padres.

Es posible que las causas que explican el uso extendido del castigo estén relacionadas con su aparente eficacia y rapidez para controlar o detener el comportamiento inadecuado o molesto. Sin embargo, sobran los ejemplos de niños que a pesar de haber recibido castigo, incluso físico, por mostrar determinados comportamientos, siguen exhibiéndolo tan pronto se presenta la ocasión.

Diversos estudio han mostrado que los efectos supresores del castigo resultan momentáneos, que este no provoca el desaprendizaje del comportamiento castigado, ni ofrece en su lugar otra alternativa más adecuada por lo que en la primera ocasión se activa nuevamente.

El uso sistemático del castigo como acción correctora principal puede acarrear consecuencias negativas, entre las que podemos señalar: daño a la autoestima del niño, quien llega a desvalorizarse (baja autoestima); aparición de estados de tensión, estrés y agresividad; déficit de atención; pérdida de confianza en los padres; ansiedad o culpa de alguno de los miembros de la familia; y empleo de la mentira como medio de evitar el castigo.

Como pueden observarse, si bien el castigo aparece como una “rápida solución” a los problemas de comportamiento infantil, sus efectos no son permanentes y por lo general provocan más daño que beneficio.

Educar requiere paciencia y poder mostrar al educando las alternativas de comportamientos más efectivos, lo que se logra en primer lugar con el propio ejemplo de los padres, la adecuada comunicación con el niño, la exigencia apropiada, pero siempre con amor, con el uso de argumentos directos y lógicos que inviten al niño a reflexionar sobre las consecuencias de su comportamiento, no solo para él, sino también en las afectaciones que pueden provocar en los demás.

El castigo físico nunca puede considerarse como una acción educativa. Por el contrario, es generador de agresividad y aprendizaje de comportamientos violentos que serán mostrados más allá del contexto familiar, ya que pueden afectar no sólo el comportamiento psicológico del individuo, sino también el social.

Los padres que castigan físicamente a sus hijos están contribuyendo a la reproducción de conductas violentas en el ámbito de la sociedad e inducen al uso de la violencia como forma de ejercer el control sobre otros.

Educar es dialogar, es persuadir, es enseñar con el ejemplo. Agote estos recursos antes de imponerles un castigo sus hijos, estos y la sociedad se lo agradecerán.

Tomado de la sección Salud del periódico Trabajadores.

Obtenido de http://www.sld.cu/saludvida/jovenes/temas.php?idv=6200

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Martes 19 / febrero / 2013

Contribuya a la educación de su hijo

Filed under: Para la familia — prevemi — febrero 19th, 2013 — 15:50

¿Tiene su hijo entre 4 y 7 años de edad? Para contribuir a su desarrollo intelectual, fomentar la comunicación y fortalecer su personalidad, le ofrecemos algunas sugerencias de nuestros consejeros que seguramente les serán de utilidad y de objeto de reflexión. Educar con amor y dedicación a los hijos los ayudará a ser mejores personas.

Por: Guillermo Julio Ruiz Rodríguez

Dedicar de 15 a 30 minutos diarios a una conversación amena. Los temas deben centrarse, entre otros, en las interrogantes del niño, su vida en la escuela, su relación con maestros y amiguitos, las cosas que le preocupan, su apariencia personal, el fomento del amor por las personas y por la naturaleza, el valor de decir siempre la verdad…

Animarlo a hablar correctamente: el uso de adjetivos y de verbos.

Divertirse con juegos de palabras (versos, trabalenguas, frases…)

Fomentar el hábito de la lectura. Antes del 1er. grado, léale pasajes entretenidos y educativos adecuados a su edad.

Programar visitas a bibliotecas.

Garantizarle material de aprendizaje: creyones, papel, lápices…

Estimularlo y gratificarlo son excelentes opciones para que crezca su autoestima.

Ante cualquier logro de aprendizaje, (por pequeño que sea) comunicarle aceptación, alegría, confianza en si mismo.

Conversar con ellos sobre los lugares de interés en su comunidad (parques, museos, lugares históricos…)

Promover hábitos de salud: nutrición, descanso, aseo, escuchar música sin estridencias, juego…

Besar, abrazar, ofrecer muestras de contacto físico.

Respetar. Jamás agredir, ni emplear ironías degradantes u ofensivas.

Enseñar y reforzar el “Por Favor”, “Con su Permiso”, “Muchas Gracias”…

Amar siempre…

Obtenido de: http://www.sld.cu/saludvida/jovenes/temas.php?idv=6201

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