Archive for the 'Para la familia'

Viernes 12 / mayo / 2017

¿Cómo establecer límites en el hogar?

Filed under: Para la familia — prevemi — mayo 12th, 2017 — 19:02

Cómo establecer límites en el hogar
Cómo establecer límites en el hogarMi hijo no me obedece, no quiere irse a dormir, no se deja poner la ropa, se molesta cuando le digo que guarde sus juguetes, no quiere apagar la televisión, llora si le digo que haga la tarea, no se quiere levantar, hace berrinches…

y la lista continúa. Son algunas de las demandas que tienen los padres cuando no saben cómo establecer límites a sus hijos.

 

Puede ver el documento completo que se titula: Cómo establecer límites en el hogar. Es un documento en formato PDF y pesa 67 KB.

Nota: imagen obtenida del sitio web disponible en: http://crianzapositiva.org/

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Miércoles 26 / abril / 2017

Amo a mis niños pero ¡ser padre o madre es tan difícil!

Filed under: Para la familia — prevemi — abril 26th, 2017 — 13:16

Violencia intrafamiliarSer padre o madre puede ser una dicha pero también es un trabajo difícil. Ningún padre o madre es perfecto. Todo el mundo comete errores. Incluso padres que son amorosos a veces hacen cosas que no era su intención hacer, como por ejemplo gritar a un niño. Pero si usted piensa que está teniendo dificultad para controlarse pida ayuda para no comenzar un patrón de abuso.

En el documento siguiente obtendrá más información:

-Amo a mis niños pero ¡ser padre o madre es tan difícil!, es un documento en formato PDF que pesa 44 KB.

Nota: imagen obtenida de Internet.

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Jueves 30 / marzo / 2017

Niños o niñas problema ¿Culpabilidad de los Padres? (Parte II)

Filed under: adolescencia,Para la familia — prevemi — marzo 30th, 2017 — 2:55

Para cualquier familia la educación de sus hijos es una preocupación fundamental. Para muchos, es una tarea que, con independencia de una u otra inevitable escaramuza, transcurre sin grandes complejidades. Para otros es tarea mucho más difícil, sobre todo cuando tienen hijos que exhiben en mayor o menor grado, comportamientos problemáticos que entorpecen su formación. Comprender lo que ocurre es muy importante… pero más importante es saber qué hacer.

Por: Miguel Ángel Roca Perara

“Lo he intentado todo… ¡pero ya nada funciona!” Con esta declaración empiezan a contar sus cuitas los padres de casi todos los “niños-problema”, de aquí que su demanda implícita, no declarada, sea “¡ofrézcame algo distinto!”.

Para quienes trabajamos en cualquiera de lo que se define como profesiones de ayuda, rápidamente surge la tentación de tener a mano y ofertar de inmediato ese “algo distinto”… sin tener en cuenta que podemos simplificar o trivializar un asunto de alta complejidad y, de nuevo, ofrecer “más de lo mismo”, lo que agudiza la situación de desesperanza y desamparo que ya había hecho presa de los padres de estos niños.

¿Qué hacer entonces? Sin ánimos de recetar ni de ofrecer inexistentes panaceas para un asunto de difícil pronóstico —no por el asunto en sí mismo, sino por la multiplicidad de contingencias en su entorno que muchas veces escapan al control—, y tomando en cuenta la enorme variabilidad de diferencias individuales y contextuales presentes para cada niño, me atrevería a hacer algunas reflexiones:

Primero que todo, resulta pertinente ofrecer una sencilla respuesta a la interrogante que da título a este trabajo ¿Culpabilidad de los padres? NO ¿Responsabilidad en mayor o menor medida? SÍ. Puede parecer una simpleza, pero es casi una declaración de principios para que los padres puedan asumir una postura efectiva al afrontar las dificultades de sus hijos, ¡aún sin tratarse de niños-problema!

Pido excusas para una momentánea digresión que quiero hacer —polémica con toda intención— y que me va a servir para comentar algunas ideas que quiero expresar a continuación. A mi padre le gustaba decir que cuando uno tiene un caballo y vive en la montaña, está obligado a llevarlo todos los días al río a tomar agua. La forma en que usted lleve al caballo a beber agua es su responsabilidad y su asunto, usted decide si baja al caballo a todo galope montaña abajo, dándole “espolazos” de todo tipo, si baja despacito, si baja caminando a su lado, e incluso —si usted es lo suficientemente fuerte para ello— si se echa al caballo sobre sus hombros… Cualquiera de estas formas —¡como casi todo en la vida!— tiene sus ventajas y desventajas. Pero una vez que el caballo llegó al río, si tomó agua o no, e incluso la cantidad de agua que tomó, ¡es un asunto del caballo! Como se dice en un conocido programa televisivo, ¡saque usted sus propias conclusiones!

En la vida algunos asuntos están en manos de uno, pero otros muchos se escapan de control, aún con nuestras mejores intenciones, de ahí el riesgo de sentirse culpable por todo lo que ocurre alrededor… incluida la crianza de los hijos. Cuando una persona se siente culpable de algo se siente mala, inefectiva, incapaz; trata de resolver las cosas por sus propios medios para “pagar lo mal hecho”. Ello les quita participación en la solución de los problemas a los demás, y los convierte en cómodos censores de todo lo que sale mal. Paradójicamente, muchas veces, cuando la persona es verdaderamente culpable de algo apenas experimenta nada de lo referido.

Por esta razón, y por el hecho real de que es imposible que alguien sea culpable de todo lo que acontece en su cotidianidad —lo que no excluye la responsabilidad que sí tienen las personas ante determinados acontecimientos de la vida—, en las Ciencias Sociales, y particularmente en la Psicoterapia, se ha incluido el confuso término “empoderamiento” —proveniente de la expresión en lengua inglesa, de difícil traducción “empowerment”— que, más allá de complejas consideraciones semánticas, nos habla de la intencionalidad de hacer que los padres vivencien la sensación de poder (Webster-Stratton y Herbert).

Y lograr esto —por una vía u otra— presupone que los padres incrementen su autoestima, que sientan que no son simples marionetas en manos de sus hijos, que pueden haber hecho muchas cosas mal pero que también han hecho otras cosas mejor, que se entrenen en formas comunicativas más efectivas que les permitan hacer valer sus derechos, que sean capaces de comprometer a los demás —¡que también tienen responsabilidades!— en hacer de sus hijos buenos ciudadanos. Alcanzarlo no es tarea fácil, pero cuando se logra, se incrementa la sensación de autoridad que es percibida por sus hijos como una señal de que la impunidad, en que hasta ahora iban las cosas, muy pronto puede empezar a extinguirse: Cuando un hijo ve a sus padres débiles e impotentes siente que puede hacer lo que le venga en ganas porque “no pasa nada”… pero cuando los ve “poderosos”, se autocontrola un poco más.

De todos modos, comencé por decir que iba a ser polémico con intención, y dejar las cosas aquí sería, confirmar que los padres SÍ eran culpables de los problemas de sus hijos y que con sólo atenderlos y orientarlos a ellos todo estaría resuelto. Nada más lejos de la realidad, la más simple de las problemáticas en la educación infantil es siempre multi-causada y todos y cada uno de los factores causales o influyentes deben ser tenidos en cuenta en la búsqueda de una óptima solución.

Los factores constitucionales y genéticos se mezclan con los factores culturales y ambientales de una manera tan compleja que ninguno de ellos debe ser ignorado.

La falta de concentración, la torpeza motora, la hiperactividad, o el comportamiento delictivo de un niño, pueden estar sustentados por algún tipo de disfunción o lesión neurológica, e incluso, por determinadas condiciones temperamentales dadas por el tipo de Actividad Nerviosa Superior, que de no ser correctamente atendidas y tratadas pueden hacer fracasar a la más elaborada estrategia educativa. Es importante el enfoque interdisciplinario por cuanto un niño puede tener un comportamiento muy inadaptado y problemático a pesar de tener las óptimas condiciones físicas y de salud, y viceversa, un niño con importantes lesiones neurológicas puede estar muy bien integrado y adaptado a su entorno social. Es aquí, entonces, donde el aprendizaje y el contexto sociocultural, particular pero no exclusivamente familiar, en el que a un determinado niño o niña le ha tocado vivir, deben ser seriamente tomados en consideración.

Desde la más tierna infancia, los niños son expuestos, y aprenden bien de ellos, a determinados modelos… que no necesariamente son los mejores portadores de las normas y valores a los que convoca la sociedad. Es lamentable, pero cuando un niño o niña ha estado expuesto desde su más tierna infancia como parte de su cotidianidad —sobre todo en el contexto familiar, pero también en la barriada, en la escuela o en la sociedad en su conjunto— a la violencia, a comportamientos destructivos, a la irresponsabilidad y la violación de las más elementales normas de convivencia, incluidos los derechos de los demás, y reproduce estas conductas en otros contextos, se comporta de manera “adaptativa”, acorde a lo que aprendió… aunque ello no tenga nada que ver o incluso contradiga lo que la cultura y la sociedad pretenden.

En estos casos el pronóstico es mucho más reservado; los psicoterapeutas de experiencia saben que es muy difícil —¡aunque no del todo imposible!— fomentar un comportamiento social conforme a las expectativas socialmente deseadas cuando el niño está constantemente expuesto a modelos no deseables que contradicen estas expectativas… sin pretensiones lapidarias podríamos citar el sabio refrán de “hijo de gatos, caza ratones”. Lo cierto es que es mucho más fácil, si se parte de cero, fomentar lo positivo que “desmontar” comportamientos no deseados (Reinecke y cols.) para implementar entonces otras conductas y actitudes más deseables.

Aún en estos casos, aunque conservador, prefiero no ser fatalista (y sí consecuente) con lo que he defendido acerca de la multicausalidad. Muchos de estos niños o niñas, a pesar de una alta y real responsabilidad de los padres en su comportamiento, llegan a ser buenos ciudadanos gracias a la efectividad educativa de otras influencias (otros familiares, los vecinos, la escuela, las instituciones sociales, etc.) e inclusive gracias a su propio auto desarrollo y crecimiento personal.

Están implícitas, entonces, otras dos ideas fundamentales para brindarles atención y lograr su óptima inserción social: el papel de otras personas e instituciones más allá de la familia, y el propio potencial humano del niño o niña en cuestión.

Otras personas o instituciones pueden de esta manera, resultar decisivas para lograr revertir, para bien, la condición de niños-problema. Pueden hacerse muchas cosas por parte de otros familiares, vecinos y sobre todo la escuela, pero lo esencial radica en no estigmatizar, ni discriminar, ni “etiquetar” a este niño, o niña, y su familia; ello sólo agudizaría la problemática, como señalábamos en la primera parte de este trabajo.

Asumir una postura de inclusión y aceptación es siempre mucho más beneficioso que la nociva exclusión que hace sentir a la persona —en el caso que nos ocupa, el niño y su familia— como discriminada y marginada, lo que genera irritación y resentimiento, que lejos de favorecer, agravan la situación. Cualquier problema humano es resuelto de manera más efectiva cuando se tiene acceso a sólidas y efectivas redes de apoyo social (Roca y Pérez) que cuando se está privado de sus muy beneficiosos efectos potenciales.

De igual manera, el uso de “etiquetas” (“malcriado”, “irresponsable”, “insoportable”, “pre-delincuente”, etc.) debe ser erradicado pues las mismas “se quedan” y la persona puede tender a comportarse en consecuencia con lo que estas expresan.

Afortunadamente no siempre sucede así, aunque “queden” las etiquetas. Desde lo anecdótico, tengo un buen amigo de adolescencia y juventud al que por su desordenado comportamiento cotidiano le decían “el loco”. Más de 30 años después, nunca ha visitado un Hospital Psiquiátrico, es un calmado padre de familia y excelente ingeniero… pero cada vez que nos reunimos sigue siendo “el loco”; favorablemente el no se lo cree.

Hemos abordado los factores presentes en esta problemática y apenas hemos hablado sobre el principal protagonista de todo el proceso (Roca, 1998): el niño o la niña en cuestión. No basta con modificar, aunque sea para bien, todo aquello que conspira contra su óptima inserción social; es imprescindible trabajar con él o ella, sobre todo porque regularmente ha sido víctima de maltrato en su amor propio y valía personal, o tiene pocas habilidades para comunicarse productivamente con los demás y que, por esa razón, ha sido tantas veces rechazado, o rechazada, que su comportamiento y actitudes hacia los demás son regularmente hostiles…

A estos niños hay que dedicarles tiempo y tener mucha paciencia con ellos. Es muy importante centrarse más en lo bueno que hacen que en reprocharles lo que suponemos que hacen mal y deberían hacer mejor:

Se le hace más bien a un niño que se esforzó mucho para un examen y obtuvo calificaciones de 89 puntos cuando le ponemos una mano en el hombro y le decimos con satisfacción que “¡casi sacas Excelente… para la próxima lo logras!” que cuando a otro niño que obtuvo 99 puntos lo miramos con cara de decepción y le preguntamos “¿dónde fue que perdiste el punto?”. Por lo general al niño problema se le trata de esta última manera: magnificando sus insuficiencias y minimizando o ignorando sus logros…

Es igualmente importante, cuando sea inevitable reprenderlo, censurar sus actos y no a la persona: no es lo mismo decirle “¡dijiste una mentira!”, que “¡tú eres un mentiroso!”. En el primer caso se sanciona el acto, en el segundo se califica a una persona; en el primer caso se trata de un hecho casual, en el segundo se afirma que la persona ES así y por lo tanto tiene pocas posibilidades de cambiar.

En cualquier caso, con estos niños —más allá de diferencias individuales que siempre dan una dirección específica al trabajo profesional—, no se debe perder cualquier oportunidad de elogio, de reconocer aquello que han hecho bien y de fortalecer su amor propio, a la par de no desaprovechar ocasión alguna para fomentar en ellos cualquier habilidad que los ayude a desempeñarse eficazmente en el complejo entramado de sus relaciones interpersonales cotidianas.

En torno a un “niño o niña-problema” giran muchos vectores de fuerza a tener en cuenta, para comprenderlo y para lograr vías que implementen su óptima inserción social, que trascienden muchas veces la no poca importante responsabilidad de los padres. Entonces, volvemos a la historieta inicial ¿a qué se deberá que un caballo no quiera tomar agua y otro sí, o que uno tome más que el otro?

http://www.sld.cu/saludvida/jovenes/temas.php?idv=6209

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Martes 14 / marzo / 2017

Niños o niñas problema ¿Culpabilidad de los padres? Parte I

Filed under: adolescencia,Para la familia — prevemi — marzo 14th, 2017 — 1:53

Es usual que cuando un niño, o una niña, manifiesta un comportamiento inadaptado, que genera problemas tanto en la escuela como en la comunidad y el hogar, de inmediato se culpabilice a los padres por la ausencia, insuficiencia o inadecuación de “correctos procedimientos” educativos… ¿Es absolutamente cierto esto? ¿No será posible que los padres lleguen a ser más víctimas que culpables de los inadecuados comportamientos del niño “problema”?

Por: Miguel Ángel Roca Perara

Hay pequeños que exhiben comportamientos poco adaptativos a los que ha dado en denominarse como niño, o niña, “problema”, “difíciles”, “imposibles” o con trastornos de conducta. En cualquier caso, está presente la idea de que se trata de una criatura desordenada, irreverente, desafiante, destructiva, indisciplinada y quien sabe cuantos epítetos más.

La presencia de un infante con estas características provoca malestar y consecuente rechazo en aquellos que están en su radio de acción y que, por lo regular, se manifiesta con la expresión de censura de “¡que niño más malcriado!” Y aquí empiezan precisamente nuestra reflexión y análisis en los que quisiéramos detenernos brevemente.

¿Qué significa ser “malcriado”? Si descomponemos el término, significa “ser-malcriado”, o sea, ¡maleducado! Y ¿a quién corresponde la responsabilidad de criar y educar a las nuevas generaciones? Evidentemente ¡a los padres! La “lógica” conclusión entonces sería que los padres son los responsables —o mejor dicho ¡culpables!— de las dificultades en el comportamiento de estos niños… y por lo tanto son juzgados y censurados, con tanta o más severidad que sus hijos, por tolerantes, indiferentes, poco enérgicos, flojos y otra serie de calificativos.

¿Es así realmente? A pocas cosas en la vida se pueden responder tajantemente con un sí o con un no, por la multiplicidad de aristas que todo tiene en la existencia humana. No ocurre nada distinto entonces en el asunto que nos ocupa, pero me corresponde tomar partido y evitar respuestas ambiguas, por lo que me atrevería entonces a afirmar que muchas veces los padres son víctimas más que culpables del comportamiento no deseado de sus hijos. Lo que sucede es que la familia es un complejo sistema y como todo sistema vivo evoluciona en el tiempo, por lo que todos los factores presentes se potencian entre sí a lo largo de la dimensión temporal, y es muy difícil identificar —cuando no imposible— dónde está la causa y dónde el efecto. Por ello, culpabilizar lapidariamente a los padres sería injusto y obstaculizaría el encontrar soluciones —¡que es, en última instancia, lo más importante!— a los problemas de conducta del niño “imposible”.

Webster-Stratton y Herbert se refieren a esta temática con la afirmación:

“Ser Padres de un Niño con Trastornos de Conducta: Familias bajo Asedio”

Ello implica que los padres que, desafortunada o lamentablemente, tienen un hijo con trastornos de conducta se encuentren bajo un constante hostigamiento derivado del mal comportamiento de sus hijos, por el malestar y desorden que estos provocan, que llega a hacerse incontrolable, y por el efecto de “ondulación” (del inglés ripple effect) que se produce y en el que, como veremos más adelante, se afectan las relaciones de los padres dentro y fuera del sistema familiar y —a modo de círculo vicioso— como consecuencia negativa, empeora el comportamiento inadaptado del niño.

Comencemos por tratar de comprender cómo son percibidos estos niños por sus padres y cuáles son los comportamientos que más resaltan al esbozar sus características: La primera de ellas es que el niño es visto como un “déspota” o “tirano” que busca imponer sus deseos o puntos de vista, e ignora o devalúa los de los demás y apela para ello a una de sus más desagradables peculiaridades: la agresividad.

Esta agresividad se expresa contra los padres, los hermanos, los coetáneos, los animales o los objetos, y es particularmente destructiva con estos últimos. Complicado puede ser la agresividad hacia otros infantes ya que estos tenderán a rechazar al niño “problema”, y los padres de aquellos le prohibirán jugar o relacionarse con él. Esto es lesivo para la socialización y vivencia de ser aceptado del niño “imposible”, a la vez que lastimará la sensibilidad y propiciará el enojo de sus propios padres, al percibir estos que su hijo es discriminado o rechazado por sus coetáneos y también por los padres de aquellos.

Los niños “problema” son, también, frecuentemente percibidos como desobedientes y desafiantes y que constantemente “prueban fuerzas” con los padres, al elevar sus exigencias en espiral infinita, cada vez que estos ceden a sus presiones y exigencias. Como resulta lógico suponer, los recursos de los padres se van agotando, se sienten cada vez más y más cansados hasta llegar a un literal estado de desesperanza —en el que ¡todo se intentó y nada funcionó!—, y se impone la “dictadura” del niño “imposible” dada la inhabilidad de los padres para manejarlo.

Es interesante que aunque los padres refieren muchas otras características no deseables como trastornos de los hábitos (sueño, alimentación, higiene, etc.), pobre adaptabilidad social, dificultades para aprender (no imputables a Retraso Mental), distractibilidad e hiperactividad, insisten en hacer énfasis especial en la presencia de ciertas cualidades positivas del niño, particularmente el hecho de ser un niño cariñoso… pero que cambia, para mal, muy rápido de estado de ánimo cuando algo le desagrada, lo que hace muy impredecible su comportamiento y conduce a que los padres estén siempre en guardia, a la expectativa de que algo malo vaya a suceder, dado que los problemas y dificultades pueden emerger en cualquier momento y lugar.

Es lógico suponer que la convivencia con un niño como el descrito, de cuyo bienestar y adaptación social se es responsable, tiene un impacto devastador en todo el sistema familiar, que empieza, —¡muy en particular!— por las propias relaciones maritales de los padres que, debido al desgaste en el esfuerzo por controlar al niño, disponen de muy poco tiempo para dedicarse a cultivar su intimidad, espacio al que debe brindársele especial atención en cualquier sistema familiar:

Hacer familia es mucho más que tener hijos… es algo que empezó por un proyecto de vida entre dos que se amaban, y que no deberían dejar de hacerlo, aunque sea en formas distintas.

Pero lamentablemente cuando se tiene un niño con determinado trastorno conductual, en las pocas ocasiones en que la pareja tiene algo de tiempo para íntimamente dedicarse el uno al otro, lo “malgastan” en largas conversaciones sobre el niño, o niña, “problema”.

Aquí es preciso señalar que generalmente es la madre quien permanece la mayor parte del tiempo con el niño y es por lo tanto la más “asediada” y la que más desgaste de recursos tiene; es más tensa su relación con el niño y está entonces más comprometido su bienestar emocional. Regularmente el padre, por el contrario, permanece menos tiempo con el niño y tiene con este una relación más fácil; el niño “problema” por lo general es mucho menos despótico y tiránico con la figura paterna, a quien tiende a respetar mucho más que a la figura materna.

Lo anterior puede contribuir a complicar las relaciones entre ambos padres, quienes tendrán apreciaciones diferentes del comportamiento problemático del niño: El padre se lamenta de que la madre no sólo se ocupa cada vez menos de él, sino que continuamente le reprocha por su poca colaboración en el manejo del niño al que él no ve tan problemático… la madre, por su lado, le reprochará al padre un distanciamiento y poca implicación, y también una supuesta insensibilidad y pasividad ante el comportamiento del niño que ella percibe como caótico. Este mutuo resentimiento sólo intensifica la tensión hogareña y la inefectividad en el manejo educativo del niño, que legitima el viejo refrán de: “a río revuelto, ganancia de pescadores”.

En este contexto las madres refieren una sensación de incompetencia (de ¡ser un fiasco!), por sentirse culpables de haber fracasado en la educación de los hijos —fortalecido por el constante criticismo del esposo y otras personas significativas— y por la sensación de que su matrimonio y toda su vida son un desastre. La resultante es una paralizante depresión o una hostil actitud hacia todo, lo que en su conjunto no es más que una sensación de desesperanza y desamparo que ningún favor le hacen a la educación —¿o reeducación?— del niño.

El impacto de la presencia de un niño “imposible” en el hogar, con el que se convive a diario, se expande de manera tanto directa como indirecta a los hermanos. Directamente los hermanos son víctimas de las agresiones tanto físicas como verbales del niño imposible, que los hace sentirse mal en el hogar y desarrollar ellos mismos conductas hostiles o inadaptadas. Indirectamente se pueden comprometer las relaciones de los hermanos con sus padres, pues se sentirán relegados a un segundo plano al percibir que casi todas las preocupaciones de los padres giran en torno al niño imposible, que les roba la atención y cariño que creen merecer. Esto los puede llevar a comportamientos inadaptados en la competencia por la atención de los padres.

Estos últimos, a su vez, pueden tener elevadas expectativas compensatorias para con los hermanos, con exigencias de que sean un dechado de virtudes, una especie de “niño modelo” que reivindique el “fracaso” educativo con el niño “problema”. Se trata por lo regular de expectativas tan elevadas que, lejos de favorecer, lo que hacen es enturbiar las relaciones con los padres y complicar más aún la ya compleja situación familiar… lo que nuevamente en nada favorece un mejor comportamiento del niño.

Pero el impacto de las conductas inadaptadas del niño problema no se limita a la vida familiar, con frecuencia se generaliza a otros miembros de la familia extendida (abuelos, tíos, primos, etc.) quienes por lo general se distancian o asumen posiciones críticas y de rechazo al mal comportamiento del pequeño e insisten en aconsejar a los padres de este sobre como “deberían” tratarlo. Esto último en ocasiones —¡ironías y paradojas de la vida!— está reforzado por el hecho de que, según Webster-Stratton y Herbert:

“…algunas veces los niños no se comportan tan mal con los abuelos como sí lo hacen en el hogar…”

lo que significa una devaluación adicional a los ya desesperanzados padres quienes se sumen más aún en su sensación de desamparo e incompetencia; sensación que en nada contribuye a un mayor control del niño “problema” y por el contrario fortalece su comportamiento inadaptado.

Finalmente, el impacto de ser padre o madre de un niño con trastornos de conducta extiende a casi todo el sistema de relaciones interpersonales con la comunidad. El comportamiento inadaptado del niño “problema” conduce a un rechazo por parte de muchos miembros de los diferentes contextos humanos en que se mueven los padres, a una estigmatización y un aislamiento social… lo que se complica más aún, por cuanto los padres se “auto-aislarán” para evitar reproches y censuras y llegan a “enquistarse” en la vida hogareña lo que empeora la situación, dado que la diaria convivencia en el reducido espacio físico del hogar, lejos de relajar, tensa más aún una compleja situación que se hace intolerable.

Y es lamentable, según nuestra experiencia profesional, que cuando así ocurre es a la madre a quien —según la popular expresión— le toca “bailar con la más fea”, quien en más desventajosa posición queda, no sólo por ser quien más tiempo permanece con el niño y debe, en consecuencia, ser quien imponga (¿…?) la autoridad, sino porque con más frecuencia de la deseada otros miembros que pudieran ayudar, literalmente huyen de una situación ya desgastante: los hermanos, en cuanto pueden, no permanecen un minuto en casa y el padre sale a buscar aires más “frescos” que suelen conducir a rupturas matrimoniales y el distanciamiento paterno del hogar… lo que agudiza la situación pues ahora no sólo ya el niño ha visto perdida o debilitada la autoridad del padre (que como dijimos con anterioridad puede ser un efectivo muro de contención de la conducta inadecuada del pequeño), sino que la madre se sentirá más desamparada aún, abandonada afectivamente y por tanto más auto devaluada.

Entonces, amigo lector, ¿son en realidad tan culpables los padres por tener un niño “problema”? ¿No son también, en realidad, un poco víctimas? ¿No sería preferible en muchos casos —¡no todos!— tratar de comprenderlos y ayudarlos antes de censurarlos?

Unas palabras finales —¡por ahora!—, concluir aquí puede dejar a los que me lean una sensación demoledora de que ¡no hay nada que hacer! Nada más lejos de la realidad, es mucho lo que se puede hacer en aras de, al menos, mejorar y afrontar con una óptica más optimista situaciones como la descrita, pero este espacio es reducido, ¡dejémoslo como pronta continuación de este trabajo!

Obtenido de http://www.sld.cu/saludvida/jovenes/temas.php?idv=6206

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Martes 28 / febrero / 2017

Cómo criar a los niños para que se opongan a la violencia: lo que usted puede hacer

Filed under: Para la familia — prevemi — febrero 28th, 2017 — 10:03

logoLas investigaciones indican que la conducta violenta o agresiva suele aprenderse a una edad temprana. Sin embargo, los padres, familiares y otras personas que cuidan niños pueden ayudarles a aprender cómo enfrentar sus emociones sin usar la violencia.

Casi todos los días las noticias cuentan historias sobre niños que cometen actos de violencia, a menudo contra otros niños.

Las investigaciones indican que la conducta violenta o agresiva suele aprenderse a una edad temprana. Sin embargo, los padres, familiares y otras personas que cuidan niños pueden ayudarles a aprender cómo enfrentar sus emociones sin usar la violencia. Los padres y otras personas pueden también tomar medidas para reducir o minimizar la violencia.

Sugerencias para tratar con los niños

Los padres desempeñan un papel valioso para reducir la violencia al criar sus hijos en hogares seguros y llenos de afecto. Aquí presentamos algunas sugerencias que pueden resultar útiles. Es posible que no pueda seguir cada una exactamente, pero hacer todo lo que esté a su alcance supondrá una gran diferencia en las vidas de sus hijos.

Brinde a sus hijos amor y atención constantes

Cada niño necesita una relación fuerte y afectuosa con un padre u otro adulto para sentirse seguro y desarrollar un sentido de confianza. Hay menos probabilidad de que se desarrollen problemas de conducta y delincuencia en niños cuyos padres participan en sus vidas, en especial a una corta edad.

No es fácil demostrarle amor a un niño todo el tiempo. Puede resultar incluso más difícil si usted es joven, no tiene experiencia, su familia es monoparental, o si su hijo está enfermo o tiene necesidades especiales. Si su bebé parece sumamente difícil de cuidar y consolar, analice esto con su pediatra, con otro médico, un psicólogo o un proveedor de salud mental, quienes pueden darle consejos y recomendarle clases para padres en su localidad que enseñan formas positivas de lidiar con las dificultades en la crianza de los hijos.

Asegúrese de que sus hijos sean supervisados

Los niños dependen de sus padres y familiares para recibir aliento, protección y apoyo a medida que aprenden a pensar por sí mismos. Sin la supervisión adecuada, los niños no reciben la orientación que necesitan. Los estudios indican que los niños sin supervisión suelen tener problemas de conducta.

Insista en saber dónde están sus hijos en todo momento y quiénes son sus amigos. Cuando no pueda vigilar a sus hijos, pídale a una persona de confianza que los vigile por usted. Nunca deje a niños solos en la casa, aunque sea un breve período.

Anime a los niños en edad escolar y mayores a participar en actividades extracurriculares supervisadas como equipos deportivos, programas de tutoría o recreación organizada. Inscríbalos en programas comunitarios locales, en especial aquellos dirigidos por adultos cuyos valores usted respeta.

Acompañe a sus hijos a actividades de juego supervisadas y observe cómo se llevan con los demás. Enséñeles a sus hijos cómo responder adecuadamente cuando otros recurren a insultos o amenazas o lidian con el enojo dando golpes. Explíqueles que esas no son conductas adecuadas y anímelos a mantenerse alejados de los niños que se comportan así.

Muestre a sus hijos conductas adecuadas con su ejemplo

Los niños suelen aprender siguiendo un ejemplo. La conducta, valores y actitudes de los padres y hermanos tienen una gran influencia en los niños. Los valores de respeto, honestidad y orgullo de su familia y las tradiciones pueden ser fuentes importantes de fortaleza para los niños, en especial si se enfrentan con presiones negativas de otros niños de su edad, viven en una zona violenta o asisten a una escuela en una zona peligrosa.

La mayoría de los niños actúan agresivamente a veces y pueden golpear a otra persona. Sea firme con sus hijos con respecto a los posibles peligros que implica una conducta violenta. Recuerde también elogiar a sus hijos cuando resuelvan problemas en forma constructiva y sin recurrir a la violencia. Es más probable que los niños repitan las buenas conductas cuando son recompensados con atención y elogios.

Los padres alientan a veces conductas agresivas sin saberlo. Por ejemplo, algunos padres piensan que es bueno para un niño aprender a pelear. Enséñeles a sus hijos que es mejor solucionar las riñas hablando con calma, y no con puñetazos, amenazas o armas. Y más importante aún, no les pegue a sus hijos.

Sea consecuente con las reglas y disciplina

Cuando establezca una regla, aténgase a ella. Los niños necesitan una estructura con expectativas claras para su conducta. Establecer reglas y luego no hacerlas cumplir resulta confuso, esto puede suscitar que los niños se salgan con la suya.

Para establecer las reglas, los padres deben hacer participar a los niños siempre que sea posible. Explíqueles qué espera y cuáles son las consecuencias de no seguir las reglas. Esto los ayudará a aprender a comportarse de un modo que sea beneficioso para ellos y para quienes los rodean.

Mantenga la violencia lejos de su hogar

La violencia en el hogar puede causar miedo y ser dañina para los niños. Los niños necesitan un hogar seguro y lleno de afecto donde no tengan que crecer con miedo. Un niño que ha visto violencia en su hogar no siempre se vuelve violento, pero hay más probabilidad de que trate de resolver los conflictos a través de la violencia.

Procure que su hogar sea un lugar seguro y no violento, y siempre desanime el comportamiento violento entre hermanos. Tenga en cuenta también que las discusiones hostiles y agresivas entre los padres asustan a los niños y les dan un mal ejemplo.

Si hay situaciones de abuso o lesión física o verbal entre personas en su hogar, obtenga ayuda de un psicólogo u otro tipo de proveedor de salud mental. Este profesional lo ayudará a usted y a su familia a entender por qué se produce la violencia doméstica y cómo detenerla.

Procure que sus hijos no vean demasiada violencia en los medios de comunicación

Un informe publicado a comienzos de este mes confirmó nuevamente que ver demasiada violencia en televisión, en las películas y en los videojuegos puede tener un efecto negativo en los niños. Usted como padre, puede controlar la cantidad de violencia que sus hijos ven en los medios de comunicación. Estas son algunas ideas:

Limite el tiempo de ver televisión de 1 a 2 horas por día.

Asegúrese de saber qué programas de televisión miran sus hijos, qué películas ven y a qué tipos de videojuegos juegan.

Hable con sus hijos sobre la violencia que ven en los programas de televisión, en las películas y en los videojuegos.

Ayúdelos a entender cuán doloroso sería en la vida real y las graves consecuencias de las conductas violentas.

Analice con ellos maneras de resolver problemas sin recurrir a la violencia.

Ayude a sus hijos a oponerse a la violencia

Apoye a sus hijos a oponerse a la violencia. Enséñeles a responder con palabras firmes pero manteniendo la calma cuando otros insultan, amenazan o golpean a otra persona. Ayúdelos a entender que se necesita más coraje y liderazgo para oponerse a la violencia que para secundarla.

Ayude a sus hijos a aceptar y llevarse bien con otras personas de diversas razas y origen étnico. Enséñeles que criticar a las personas porque son diferentes es algo hiriente y que insultar es inaceptable. Asegúrese de que entiendan que usar palabras para comenzar o alentar la violencia, o aceptar silenciosamente una conducta violenta, es dañino. Advierta a sus hijos que las amenazas y los actos de intimidación pueden derivar en violencia.

Obtenido del sitio: American Psychological Association, disponible en: http://www.apa.org/centrodeapoyo/violencia.aspx

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Miércoles 15 / febrero / 2017

Cuidado con el castigo

Filed under: Para la familia,Para profesores — prevemi — febrero 15th, 2017 — 1:56

El castigo es posiblemente una de las prácticas más utilizadas en el seno de la familia. Son diversos los que se emplean como “estrategia educativa”. Sin embargo, el uso sistemático del castigo como acción correctora principal puede acarrear consecuencias negativas que deben evitarse.

Por: Dionisio F. Zaldívar Pérez

Entendemos por castigo cualquier acción que ejecuta una persona, y que causa la aversión del que la recibe, empleado como elemento correctivo o de control con la finalidad de eliminar una conducta o comportamiento molesto o inadecuado.

Entre los castigos más frecuentes se encuentran:

El tiempo fuera (sacar o prohibir al sujeto permanecer en el lugar o contexto donde ha exhibido una conducta considerada molesta o inapropiada enviándolo a dormir, etc.)

El retiro de reforzadores o estímulos positivos (prohibición de ver la TV, de salir a jugar con los amigos, etc.)

El castigo físico (que por supuesto no tiene nada de educativo).

Las causas más frecuentes por las cuales se castiga a un niño son: desobedecer las órdenes o indicaciones de los adultos; actividad excesiva del niño (hiperactividad) que resulta molesta para los adultos; rebeldía (actitud desafiante ante los padres u otros adultos); mala comunicación padres-hijos; irritabilidad, frustración o malestar de los padres.

Es posible que las causas que explican el uso extendido del castigo estén relacionadas con su aparente eficacia y rapidez para controlar o detener el comportamiento inadecuado o molesto. Sin embargo, sobran los ejemplos de niños que a pesar de haber recibido castigo, incluso físico, por mostrar determinados comportamientos, siguen exhibiéndolo tan pronto se presenta la ocasión.

Diversos estudio han mostrado que los efectos supresores del castigo resultan momentáneos, que este no provoca el desaprendizaje del comportamiento castigado, ni ofrece en su lugar otra alternativa más adecuada por lo que en la primera ocasión se activa nuevamente.

El uso sistemático del castigo como acción correctora principal puede acarrear consecuencias negativas, entre las que podemos señalar: daño a la autoestima del niño, quien llega a desvalorizarse (baja autoestima); aparición de estados de tensión, estrés y agresividad; déficit de atención; pérdida de confianza en los padres; ansiedad o culpa de alguno de los miembros de la familia; y empleo de la mentira como medio de evitar el castigo.

Como pueden observarse, si bien el castigo aparece como una “rápida solución” a los problemas de comportamiento infantil, sus efectos no son permanentes y por lo general provocan más daño que beneficio.

Educar requiere paciencia y poder mostrar al educando las alternativas de comportamientos más efectivos, lo que se logra en primer lugar con el propio ejemplo de los padres, la adecuada comunicación con el niño, la exigencia apropiada, pero siempre con amor, con el uso de argumentos directos y lógicos que inviten al niño a reflexionar sobre las consecuencias de su comportamiento, no solo para él, sino también en las afectaciones que pueden provocar en los demás.

El castigo físico nunca puede considerarse como una acción educativa. Por el contrario, es generador de agresividad y aprendizaje de comportamientos violentos que serán mostrados más allá del contexto familiar, ya que pueden afectar no sólo el comportamiento psicológico del individuo, sino también el social.

Los padres que castigan físicamente a sus hijos están contribuyendo a la reproducción de conductas violentas en el ámbito de la sociedad e inducen al uso de la violencia como forma de ejercer el control sobre otros.

Educar es dialogar, es persuadir, es enseñar con el ejemplo. Agote estos recursos antes de imponerles un castigo sus hijos, estos y la sociedad se lo agradecerán.

Tomado de la sección Salud del periódico Trabajadores.

Obtenido de http://www.sld.cu/saludvida/jovenes/temas.php?idv=6200

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Martes 31 / enero / 2017

Ese niño es imposible

Filed under: Para la familia — prevemi — enero 31st, 2017 — 1:57

La conducta infantil está multideterminada y el comportamiento de un niño tiene muchas más causales que el rigor o no rigor educativo que pueden emplear los padres. Factores genéticos, temperamentales, la apariencia física, las habilidades intelectuales, etcétera, son elementos del propio niño que pueden constituir un fértil terreno para la instauración de dificultades en su comportamiento.

“¡Qué niño más majadero!”, “¡El chiquillo ese es una pesadilla!”, “¡qué criatura más imposible!”, “¡qué fiñe más pesao!” A pesar de que mayoritariamente los niños reciben estas valoraciones de manera ocasional, que después no se repite, hay niños que son objeto frecuente de ellas pues su comportamiento es habitualmente censurado por los que lo rodean, debido al malestar que provocan.

Por: Miguel Ángel Roca Perara

¿Cuántas veces, no ha escuchado usted expresiones similares? Posiblemente en muchas ocasiones, aunque la mayoría de las veces los niños reciben estas valoraciones situacionalmente, como consecuencia de un comportamiento no adecuado o no bien visto por los que están a su alrededor, que después no se repite y no tiene mayores implicaciones. Sin embargo, hay niños que son objeto regular de ellas, pues su forma de actuar, casi siempre, es censurada por los que lo rodean, dado el malestar que generan.

En estrecha relación aparecen también juicios y valoraciones sobre la responsabilidad de los padres en la aparición y manifestaciones de los indeseados comportamientos y son frecuentes expresiones tales como: “¡los padres tienen la culpa por malcriarlos tanto!”, “¡qué clase de padres debe tener, que mira como lo tienen!”, “¡qué flojos deben ser tus padres!” Visto así todo parece conformar una vieja aseveración que dice: “niño con problemas… ¡familia con problemas!”

Es indiscutible el papel de la familia en la aparición de trastornos y dificultades en el comportamiento infantil; el déficit de habilidades educativas y los conflictos interpersonales entre los padres influyen negativamente sobre los menores en el establecimiento de límites y el autocontrol de la conducta. Pero establecer esta relación de manera lineal es simplificado y apresurado, y conduce a sentar a los padres en el banquillo de los acusados.

La conducta infantil está multideterminada y el comportamiento de un niño tiene muchas más causales que el rigor o no rigor educativo que pueden emplear los padres. Factores genéticos, temperamentales, la apariencia física, las habilidades intelectuales, etcétera, son elementos del propio niño que pueden constituir un fértil terreno para la instauración de dificultades en su comportamiento.

Es este el momento de abordar el asunto con una visión circular en el sentido de ver cómo el tener en el hogar un niño con severas dificultades de conducta afecta muy seriamente la dinámica familiar. No por gusto en ocasiones se ha afirmado que los padres de estos niños son padres “bajo asedio”, cuyas vidas giran, casi en su totalidad, en torno al problema de conducta del niño. Viven siempre aprehensivos, pendientes de que el niño no rompa algo, de que no hurte algún objeto, de que cumpla sus deberes, de que no se faje con otros niños, de que sea respetuoso… y ante el más mínimo fracaso en estos propósitos, lo sienten como una falla personal, como una sensación de ineficacia que se convierte en una extraña mezcla de hostilidad y compasión hacia el niño…, lo que agudiza su comportamiento indeseado. Vivencian muy intensamente el rechazo y la desaprobación de los demás, incluidos los familiares cercanos, llegando a sentirse estigmatizados. Sólo a modo de ejemplo, los padres de niños “normales” les prohíben la compañía con el niño “imposible”. Cuando así ocurre, los padres no sólo se retraen de la vida social, sino que desarrollan un reactivo sentimiento de protección excesiva hacia el niño, y crean condiciones que incrementan el comportamiento indeseado, confirman las opiniones de los demás en torno a su responsabilidad, y agudizan aún más la situación de estigmatización.

Como consecuencia de lo anterior se genera una hipersensibilidad en la vida familiar, que conduce a frecuentes conflictos entre sus miembros por las más insignificantes razones: los hermanos se sienten desatendidos, los padres pelean y llegan a separarse, el trato ofensivo e irrespetuoso llega a legitimarse… y nuevamente como consecuencia se agudizan las manifestaciones de conductas indeseadas.

No es mi pretensión legalizar y contemplar pasivamente el comportamiento indeseado de un niño, pero sí llamar la atención sobre el hecho de que tenemos posibilidades de contribuir a su mejoría y progresiva adaptación social: los padres deben buscar la ayuda profesional calificada, los familiares deben convertirse más en colaboradores que en jueces o fiscales, los maestros deben asumir como un desafío la correcta educación (¡o reeducación!) de estos niños, la comunidad debe contribuir a que los padres no se sientan aislados ni el niño “etiquetado”.

La palabra “imposible” es demasiado condenatoria para el encanto del mundo infantil. Si todos trabajamos de conjunto en aras de su bienestar, siempre será posible sacar a la luz todo lo que hay de bueno en un niño y hacer de él una persona socialmente útil.

Tomado de la sección Salud del periódico Trabajadores.

Obtenido de http://www.sld.cu/saludvida/jovenes/temas.php?idv=6204

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Sábado 21 / enero / 2017

Señales de advertencia de acoso escolar

Filed under: bullying,Para estudiantes,Para la familia — prevemi — enero 21st, 2017 — 10:15

Señal de coso escolarExisten numerosas señales de alerta que pueden indicar que alguien se encuentra involucrado en una situación de acoso escolar, ya sea como acosador o como acosado.

Reconocer las señales de alerta es un primer paso importante para actuar contra el acoso escolar. No todos los niños que son acosados o que acosan a otros piden ayuda.

Es importante hablar con los niños que evidencian señales de ser acosados o de acosar a otros. Estas señales de alerta también pueden poner de manifiesto otros problemas, como la depresión o el abuso de sustancias. Hablar con el niño puede ayudar a identificar la raíz del problema.

Señales de que un niño está siendo acosado
Señales de que el niño está acosando a otros
¿Por qué no piden ayuda los niños?

Señales de que un niño está siendo acosado:

Busque cambios en el niño. Sin embargo, es preciso tener en cuenta que no todos los niños que son acosados manifiestan señales de alerta.

Algunas señales que indican que hay un problema de acoso:

Lesiones inexplicables
Pérdida o rotura de ropa, libros, dispositivos electrónicos o joyas
Dolores de cabeza o estómago frecuentes, sensación de malestar o simulación de enfermedad
Cambios en los hábitos alimentarios, como saltarse horarios de comidas o atracarse. Los niños pueden llegar de la escuela con hambre porque no almorzaron.
Dificultad para conciliar el sueño o pesadillas frecuentes
Calificaciones bajas, pérdida de interés en las tareas escolares, o el niño se niega a ir a la escuela
Pérdida repentina de amigos o deseo de evitar situaciones sociales
Sentimientos de impotencia o disminución de la autoestima
Comportamiento autodestructivo como escaparse del hogar, autoinfligirse heridas o hablar de suicidio

Si conoce a alguien muy angustiado o en peligro, no ignore el problema. Busque ayuda cuanto antes.

Señales de que el niño está acosando a otros

Los niños pueden estar acosando a otros en los siguientes casos:

Cuando se involucran en agresiones físicas o verbales
Tienen amigos que acosan a otros
Son cada vez más agresivos
Son enviados con frecuencia a la dirección o a detención
No pueden explicar cómo obtuvieron dinero adicional o pertenencias nuevas
Culpan a otros de sus problemas
No asumen responsabilidad por sus actos
Son competitivos y se preocupan por su reputación y popularidad

¿Por qué no piden ayuda los niños?

Las estadísticas del Suplemento de delitos escolares 2008-2009 mostraron que un adulto es notificado solo en un tercio de los casos de acoso. Los niños no hablan con los adultos por varias razones:

El acoso escolar genera en el niño una sensación de impotencia. Los niños quieren manejar la situación por su cuenta para sentirse nuevamente en control. Es posible que teman ser vistos como débiles o chismosos.
Los niños pueden temer una represalia de parte del acosador.
El acoso escolar puede ser una experiencia humillante. Es posible que los niños no quieran que los adultos sepan qué se dice de ellos, sea verdadero o falso. Temen que los adultos los juzguen o los castiguen por ser débiles.
Los niños víctimas de acoso se sienten aislados socialmente. Es posible que sientan que no les importan a nadie o que nadie podría comprenderlos.
Los niños tienen miedo de ser rechazados por sus pares. Los amigos pueden ayudar a proteger a los niños del acoso y es posible que los niños tengan miedo de perder su protección.

Obtenido del sitio: stopbulliyng.gov, disponible en: http://espanol.stopbullying.gov/en-riesgo/se%C3%B1ales-de-advertencia/rr9/%C3%ADndice.html

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Lunes 16 / mayo / 2016

¿Disciplina o castigo?

Filed under: adolescencia,para conocer sobre,Para la familia,violencia — prevemi — mayo 16th, 2016 — 22:32

La disciplina en los niños implica impartirles formación y ayudarlos a desarrollar un criterio. El siguiente documento orienta sobre la disciplina y lo que se considera castigo: Disciplina o castigo.

Puede ampliar con la lectura de otro documento sobre el tema, titulado: Castigo sí o no, de la Dra. Esther Martínez García.

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Martes 3 / mayo / 2016

Problemas de comportamiento: lo que los padres pueden hacer para cambiar el comportamiento de sus niños

Filed under: Para la familia — prevemi — mayo 3rd, 2016 — 13:39

perretasEl comportamiento de un niño puede ser un problema si no cumple con las expectativas de la familia o si causa perturbación. Saber qué debe esperar de su niño en cada edad le ayudará a decidir qué es comportamiento normal.

En el siguiente documento puede buscar mayor información:

-Problemas de comportamiento: lo que los padres pueden hacer para cambiar el comportamiento de sus niños, está en formato PDF y pesa 51 KB.

Nota: imagen obtenida de Internet.

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