Archive for septiembre, 2018

Domingo 30 / septiembre / 2018

Historia de los malos tratos a los niños

Filed under: Tema de actualización — prevemi — septiembre 30th, 2018 — 10:49

Los malos tratos a los niños existen desde el surgimiento del hombre. La violencia hacia los niños se ha manifestado de formas muy diferentes, y siempre con una justificación. El conocimiento científico de la infancia, de sus condiciones biológicas y el estudio de las elevadas tasas de mortalidad infantil es una adquisición reciente.

Pueden descargar la conferencia en formato word o en formato power point.

Nota: imagen pbtenida del sitio web de la Sociedad Chilena de Pediatría.

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Viernes 28 / septiembre / 2018

Niños o niñas problema ¿Culpabilidad de los Padres? (Parte II)

Filed under: adolescencia,Para la familia — prevemi — septiembre 28th, 2018 — 2:55

Para cualquier familia la educación de sus hijos es una preocupación fundamental. Para muchos, es una tarea que, con independencia de una u otra inevitable escaramuza, transcurre sin grandes complejidades. Para otros es tarea mucho más difícil, sobre todo cuando tienen hijos que exhiben en mayor o menor grado, comportamientos problemáticos que entorpecen su formación. Comprender lo que ocurre es muy importante… pero más importante es saber qué hacer.

Por: Miguel Ángel Roca Perara

“Lo he intentado todo… ¡pero ya nada funciona!” Con esta declaración empiezan a contar sus cuitas los padres de casi todos los “niños-problema”, de aquí que su demanda implícita, no declarada, sea “¡ofrézcame algo distinto!”.

Para quienes trabajamos en cualquiera de lo que se define como profesiones de ayuda, rápidamente surge la tentación de tener a mano y ofertar de inmediato ese “algo distinto”… sin tener en cuenta que podemos simplificar o trivializar un asunto de alta complejidad y, de nuevo, ofrecer “más de lo mismo”, lo que agudiza la situación de desesperanza y desamparo que ya había hecho presa de los padres de estos niños.

¿Qué hacer entonces? Sin ánimos de recetar ni de ofrecer inexistentes panaceas para un asunto de difícil pronóstico —no por el asunto en sí mismo, sino por la multiplicidad de contingencias en su entorno que muchas veces escapan al control—, y tomando en cuenta la enorme variabilidad de diferencias individuales y contextuales presentes para cada niño, me atrevería a hacer algunas reflexiones:

Primero que todo, resulta pertinente ofrecer una sencilla respuesta a la interrogante que da título a este trabajo ¿Culpabilidad de los padres? NO ¿Responsabilidad en mayor o menor medida? SÍ. Puede parecer una simpleza, pero es casi una declaración de principios para que los padres puedan asumir una postura efectiva al afrontar las dificultades de sus hijos, ¡aún sin tratarse de niños-problema!

Pido excusas para una momentánea digresión que quiero hacer —polémica con toda intención— y que me va a servir para comentar algunas ideas que quiero expresar a continuación. A mi padre le gustaba decir que cuando uno tiene un caballo y vive en la montaña, está obligado a llevarlo todos los días al río a tomar agua. La forma en que usted lleve al caballo a beber agua es su responsabilidad y su asunto, usted decide si baja al caballo a todo galope montaña abajo, dándole “espolazos” de todo tipo, si baja despacito, si baja caminando a su lado, e incluso —si usted es lo suficientemente fuerte para ello— si se echa al caballo sobre sus hombros… Cualquiera de estas formas —¡como casi todo en la vida!— tiene sus ventajas y desventajas. Pero una vez que el caballo llegó al río, si tomó agua o no, e incluso la cantidad de agua que tomó, ¡es un asunto del caballo! Como se dice en un conocido programa televisivo, ¡saque usted sus propias conclusiones!

En la vida algunos asuntos están en manos de uno, pero otros muchos se escapan de control, aún con nuestras mejores intenciones, de ahí el riesgo de sentirse culpable por todo lo que ocurre alrededor… incluida la crianza de los hijos. Cuando una persona se siente culpable de algo se siente mala, inefectiva, incapaz; trata de resolver las cosas por sus propios medios para “pagar lo mal hecho”. Ello les quita participación en la solución de los problemas a los demás, y los convierte en cómodos censores de todo lo que sale mal. Paradójicamente, muchas veces, cuando la persona es verdaderamente culpable de algo apenas experimenta nada de lo referido.

Por esta razón, y por el hecho real de que es imposible que alguien sea culpable de todo lo que acontece en su cotidianidad —lo que no excluye la responsabilidad que sí tienen las personas ante determinados acontecimientos de la vida—, en las Ciencias Sociales, y particularmente en la Psicoterapia, se ha incluido el confuso término “empoderamiento” —proveniente de la expresión en lengua inglesa, de difícil traducción “empowerment”— que, más allá de complejas consideraciones semánticas, nos habla de la intencionalidad de hacer que los padres vivencien la sensación de poder (Webster-Stratton y Herbert).

Y lograr esto —por una vía u otra— presupone que los padres incrementen su autoestima, que sientan que no son simples marionetas en manos de sus hijos, que pueden haber hecho muchas cosas mal pero que también han hecho otras cosas mejor, que se entrenen en formas comunicativas más efectivas que les permitan hacer valer sus derechos, que sean capaces de comprometer a los demás —¡que también tienen responsabilidades!— en hacer de sus hijos buenos ciudadanos. Alcanzarlo no es tarea fácil, pero cuando se logra, se incrementa la sensación de autoridad que es percibida por sus hijos como una señal de que la impunidad, en que hasta ahora iban las cosas, muy pronto puede empezar a extinguirse: Cuando un hijo ve a sus padres débiles e impotentes siente que puede hacer lo que le venga en ganas porque “no pasa nada”… pero cuando los ve “poderosos”, se autocontrola un poco más.

De todos modos, comencé por decir que iba a ser polémico con intención, y dejar las cosas aquí sería, confirmar que los padres SÍ eran culpables de los problemas de sus hijos y que con sólo atenderlos y orientarlos a ellos todo estaría resuelto. Nada más lejos de la realidad, la más simple de las problemáticas en la educación infantil es siempre multi-causada y todos y cada uno de los factores causales o influyentes deben ser tenidos en cuenta en la búsqueda de una óptima solución.

Los factores constitucionales y genéticos se mezclan con los factores culturales y ambientales de una manera tan compleja que ninguno de ellos debe ser ignorado.

La falta de concentración, la torpeza motora, la hiperactividad, o el comportamiento delictivo de un niño, pueden estar sustentados por algún tipo de disfunción o lesión neurológica, e incluso, por determinadas condiciones temperamentales dadas por el tipo de Actividad Nerviosa Superior, que de no ser correctamente atendidas y tratadas pueden hacer fracasar a la más elaborada estrategia educativa. Es importante el enfoque interdisciplinario por cuanto un niño puede tener un comportamiento muy inadaptado y problemático a pesar de tener las óptimas condiciones físicas y de salud, y viceversa, un niño con importantes lesiones neurológicas puede estar muy bien integrado y adaptado a su entorno social. Es aquí, entonces, donde el aprendizaje y el contexto sociocultural, particular pero no exclusivamente familiar, en el que a un determinado niño o niña le ha tocado vivir, deben ser seriamente tomados en consideración.

Desde la más tierna infancia, los niños son expuestos, y aprenden bien de ellos, a determinados modelos… que no necesariamente son los mejores portadores de las normas y valores a los que convoca la sociedad. Es lamentable, pero cuando un niño o niña ha estado expuesto desde su más tierna infancia como parte de su cotidianidad —sobre todo en el contexto familiar, pero también en la barriada, en la escuela o en la sociedad en su conjunto— a la violencia, a comportamientos destructivos, a la irresponsabilidad y la violación de las más elementales normas de convivencia, incluidos los derechos de los demás, y reproduce estas conductas en otros contextos, se comporta de manera “adaptativa”, acorde a lo que aprendió… aunque ello no tenga nada que ver o incluso contradiga lo que la cultura y la sociedad pretenden.

En estos casos el pronóstico es mucho más reservado; los psicoterapeutas de experiencia saben que es muy difícil —¡aunque no del todo imposible!— fomentar un comportamiento social conforme a las expectativas socialmente deseadas cuando el niño está constantemente expuesto a modelos no deseables que contradicen estas expectativas… sin pretensiones lapidarias podríamos citar el sabio refrán de “hijo de gatos, caza ratones”. Lo cierto es que es mucho más fácil, si se parte de cero, fomentar lo positivo que “desmontar” comportamientos no deseados (Reinecke y cols.) para implementar entonces otras conductas y actitudes más deseables.

Aún en estos casos, aunque conservador, prefiero no ser fatalista (y sí consecuente) con lo que he defendido acerca de la multicausalidad. Muchos de estos niños o niñas, a pesar de una alta y real responsabilidad de los padres en su comportamiento, llegan a ser buenos ciudadanos gracias a la efectividad educativa de otras influencias (otros familiares, los vecinos, la escuela, las instituciones sociales, etc.) e inclusive gracias a su propio auto desarrollo y crecimiento personal.

Están implícitas, entonces, otras dos ideas fundamentales para brindarles atención y lograr su óptima inserción social: el papel de otras personas e instituciones más allá de la familia, y el propio potencial humano del niño o niña en cuestión.

Otras personas o instituciones pueden de esta manera, resultar decisivas para lograr revertir, para bien, la condición de niños-problema. Pueden hacerse muchas cosas por parte de otros familiares, vecinos y sobre todo la escuela, pero lo esencial radica en no estigmatizar, ni discriminar, ni “etiquetar” a este niño, o niña, y su familia; ello sólo agudizaría la problemática, como señalábamos en la primera parte de este trabajo.

Asumir una postura de inclusión y aceptación es siempre mucho más beneficioso que la nociva exclusión que hace sentir a la persona —en el caso que nos ocupa, el niño y su familia— como discriminada y marginada, lo que genera irritación y resentimiento, que lejos de favorecer, agravan la situación. Cualquier problema humano es resuelto de manera más efectiva cuando se tiene acceso a sólidas y efectivas redes de apoyo social (Roca y Pérez) que cuando se está privado de sus muy beneficiosos efectos potenciales.

De igual manera, el uso de “etiquetas” (“malcriado”, “irresponsable”, “insoportable”, “pre-delincuente”, etc.) debe ser erradicado pues las mismas “se quedan” y la persona puede tender a comportarse en consecuencia con lo que estas expresan.

Afortunadamente no siempre sucede así, aunque “queden” las etiquetas. Desde lo anecdótico, tengo un buen amigo de adolescencia y juventud al que por su desordenado comportamiento cotidiano le decían “el loco”. Más de 30 años después, nunca ha visitado un Hospital Psiquiátrico, es un calmado padre de familia y excelente ingeniero… pero cada vez que nos reunimos sigue siendo “el loco”; favorablemente el no se lo cree.

Hemos abordado los factores presentes en esta problemática y apenas hemos hablado sobre el principal protagonista de todo el proceso (Roca, 1998): el niño o la niña en cuestión. No basta con modificar, aunque sea para bien, todo aquello que conspira contra su óptima inserción social; es imprescindible trabajar con él o ella, sobre todo porque regularmente ha sido víctima de maltrato en su amor propio y valía personal, o tiene pocas habilidades para comunicarse productivamente con los demás y que, por esa razón, ha sido tantas veces rechazado, o rechazada, que su comportamiento y actitudes hacia los demás son regularmente hostiles…

A estos niños hay que dedicarles tiempo y tener mucha paciencia con ellos. Es muy importante centrarse más en lo bueno que hacen que en reprocharles lo que suponemos que hacen mal y deberían hacer mejor:

Se le hace más bien a un niño que se esforzó mucho para un examen y obtuvo calificaciones de 89 puntos cuando le ponemos una mano en el hombro y le decimos con satisfacción que “¡casi sacas Excelente… para la próxima lo logras!” que cuando a otro niño que obtuvo 99 puntos lo miramos con cara de decepción y le preguntamos “¿dónde fue que perdiste el punto?”. Por lo general al niño problema se le trata de esta última manera: magnificando sus insuficiencias y minimizando o ignorando sus logros…

Es igualmente importante, cuando sea inevitable reprenderlo, censurar sus actos y no a la persona: no es lo mismo decirle “¡dijiste una mentira!”, que “¡tú eres un mentiroso!”. En el primer caso se sanciona el acto, en el segundo se califica a una persona; en el primer caso se trata de un hecho casual, en el segundo se afirma que la persona ES así y por lo tanto tiene pocas posibilidades de cambiar.

En cualquier caso, con estos niños —más allá de diferencias individuales que siempre dan una dirección específica al trabajo profesional—, no se debe perder cualquier oportunidad de elogio, de reconocer aquello que han hecho bien y de fortalecer su amor propio, a la par de no desaprovechar ocasión alguna para fomentar en ellos cualquier habilidad que los ayude a desempeñarse eficazmente en el complejo entramado de sus relaciones interpersonales cotidianas.

En torno a un “niño o niña-problema” giran muchos vectores de fuerza a tener en cuenta, para comprenderlo y para lograr vías que implementen su óptima inserción social, que trascienden muchas veces la no poca importante responsabilidad de los padres. Entonces, volvemos a la historieta inicial ¿a qué se deberá que un caballo no quiera tomar agua y otro sí, o que uno tome más que el otro?

http://www.sld.cu/saludvida/jovenes/temas.php?idv=6209

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Viernes 21 / septiembre / 2018

21 de septiembre: Día Internacional de la Paz

Filed under: efemerides — prevemi — septiembre 21st, 2018 — 8:41

Cada 21 de septiembre se celebra el Día Internacional de la Paz. La Asamblea General ha decretado que este día se dedica a reforzar los ideales de la paz en todas las naciones y pueblos del mundo. La ONU invita a todas las naciones y pueblos a que cumplan una cesación de hostilidades durante todo ese Día y a que también lo celebren mediante la educación y la sensibilización del público sobre todos los temas relacionados con la paz.

Más información en: http://www.un.org/es/events/peaceday/

Nota: imagen obtenida en: http://www.un.org/es/events/peaceday/2014/img/cartel_sm.jpg

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Martes 18 / septiembre / 2018

Niños o niñas problema ¿Culpabilidad de los padres? Parte I

Filed under: adolescencia,Para la familia — prevemi — septiembre 18th, 2018 — 1:53

Es usual que cuando un niño, o una niña, manifiesta un comportamiento inadaptado, que genera problemas tanto en la escuela como en la comunidad y el hogar, de inmediato se culpabilice a los padres por la ausencia, insuficiencia o inadecuación de “correctos procedimientos” educativos… ¿Es absolutamente cierto esto? ¿No será posible que los padres lleguen a ser más víctimas que culpables de los inadecuados comportamientos del niño “problema”?

Por: Miguel Ángel Roca Perara

Hay pequeños que exhiben comportamientos poco adaptativos a los que ha dado en denominarse como niño, o niña, “problema”, “difíciles”, “imposibles” o con trastornos de conducta. En cualquier caso, está presente la idea de que se trata de una criatura desordenada, irreverente, desafiante, destructiva, indisciplinada y quien sabe cuantos epítetos más.

La presencia de un infante con estas características provoca malestar y consecuente rechazo en aquellos que están en su radio de acción y que, por lo regular, se manifiesta con la expresión de censura de “¡que niño más malcriado!” Y aquí empiezan precisamente nuestra reflexión y análisis en los que quisiéramos detenernos brevemente.

¿Qué significa ser “malcriado”? Si descomponemos el término, significa “ser-malcriado”, o sea, ¡maleducado! Y ¿a quién corresponde la responsabilidad de criar y educar a las nuevas generaciones? Evidentemente ¡a los padres! La “lógica” conclusión entonces sería que los padres son los responsables —o mejor dicho ¡culpables!— de las dificultades en el comportamiento de estos niños… y por lo tanto son juzgados y censurados, con tanta o más severidad que sus hijos, por tolerantes, indiferentes, poco enérgicos, flojos y otra serie de calificativos.

¿Es así realmente? A pocas cosas en la vida se pueden responder tajantemente con un sí o con un no, por la multiplicidad de aristas que todo tiene en la existencia humana. No ocurre nada distinto entonces en el asunto que nos ocupa, pero me corresponde tomar partido y evitar respuestas ambiguas, por lo que me atrevería entonces a afirmar que muchas veces los padres son víctimas más que culpables del comportamiento no deseado de sus hijos. Lo que sucede es que la familia es un complejo sistema y como todo sistema vivo evoluciona en el tiempo, por lo que todos los factores presentes se potencian entre sí a lo largo de la dimensión temporal, y es muy difícil identificar —cuando no imposible— dónde está la causa y dónde el efecto. Por ello, culpabilizar lapidariamente a los padres sería injusto y obstaculizaría el encontrar soluciones —¡que es, en última instancia, lo más importante!— a los problemas de conducta del niño “imposible”.

Webster-Stratton y Herbert se refieren a esta temática con la afirmación:

“Ser Padres de un Niño con Trastornos de Conducta: Familias bajo Asedio”

Ello implica que los padres que, desafortunada o lamentablemente, tienen un hijo con trastornos de conducta se encuentren bajo un constante hostigamiento derivado del mal comportamiento de sus hijos, por el malestar y desorden que estos provocan, que llega a hacerse incontrolable, y por el efecto de “ondulación” (del inglés ripple effect) que se produce y en el que, como veremos más adelante, se afectan las relaciones de los padres dentro y fuera del sistema familiar y —a modo de círculo vicioso— como consecuencia negativa, empeora el comportamiento inadaptado del niño.

Comencemos por tratar de comprender cómo son percibidos estos niños por sus padres y cuáles son los comportamientos que más resaltan al esbozar sus características: La primera de ellas es que el niño es visto como un “déspota” o “tirano” que busca imponer sus deseos o puntos de vista, e ignora o devalúa los de los demás y apela para ello a una de sus más desagradables peculiaridades: la agresividad.

Esta agresividad se expresa contra los padres, los hermanos, los coetáneos, los animales o los objetos, y es particularmente destructiva con estos últimos. Complicado puede ser la agresividad hacia otros infantes ya que estos tenderán a rechazar al niño “problema”, y los padres de aquellos le prohibirán jugar o relacionarse con él. Esto es lesivo para la socialización y vivencia de ser aceptado del niño “imposible”, a la vez que lastimará la sensibilidad y propiciará el enojo de sus propios padres, al percibir estos que su hijo es discriminado o rechazado por sus coetáneos y también por los padres de aquellos.

Los niños “problema” son, también, frecuentemente percibidos como desobedientes y desafiantes y que constantemente “prueban fuerzas” con los padres, al elevar sus exigencias en espiral infinita, cada vez que estos ceden a sus presiones y exigencias. Como resulta lógico suponer, los recursos de los padres se van agotando, se sienten cada vez más y más cansados hasta llegar a un literal estado de desesperanza —en el que ¡todo se intentó y nada funcionó!—, y se impone la “dictadura” del niño “imposible” dada la inhabilidad de los padres para manejarlo.

Es interesante que aunque los padres refieren muchas otras características no deseables como trastornos de los hábitos (sueño, alimentación, higiene, etc.), pobre adaptabilidad social, dificultades para aprender (no imputables a Retraso Mental), distractibilidad e hiperactividad, insisten en hacer énfasis especial en la presencia de ciertas cualidades positivas del niño, particularmente el hecho de ser un niño cariñoso… pero que cambia, para mal, muy rápido de estado de ánimo cuando algo le desagrada, lo que hace muy impredecible su comportamiento y conduce a que los padres estén siempre en guardia, a la expectativa de que algo malo vaya a suceder, dado que los problemas y dificultades pueden emerger en cualquier momento y lugar.

Es lógico suponer que la convivencia con un niño como el descrito, de cuyo bienestar y adaptación social se es responsable, tiene un impacto devastador en todo el sistema familiar, que empieza, —¡muy en particular!— por las propias relaciones maritales de los padres que, debido al desgaste en el esfuerzo por controlar al niño, disponen de muy poco tiempo para dedicarse a cultivar su intimidad, espacio al que debe brindársele especial atención en cualquier sistema familiar:

Hacer familia es mucho más que tener hijos… es algo que empezó por un proyecto de vida entre dos que se amaban, y que no deberían dejar de hacerlo, aunque sea en formas distintas.

Pero lamentablemente cuando se tiene un niño con determinado trastorno conductual, en las pocas ocasiones en que la pareja tiene algo de tiempo para íntimamente dedicarse el uno al otro, lo “malgastan” en largas conversaciones sobre el niño, o niña, “problema”.

Aquí es preciso señalar que generalmente es la madre quien permanece la mayor parte del tiempo con el niño y es por lo tanto la más “asediada” y la que más desgaste de recursos tiene; es más tensa su relación con el niño y está entonces más comprometido su bienestar emocional. Regularmente el padre, por el contrario, permanece menos tiempo con el niño y tiene con este una relación más fácil; el niño “problema” por lo general es mucho menos despótico y tiránico con la figura paterna, a quien tiende a respetar mucho más que a la figura materna.

Lo anterior puede contribuir a complicar las relaciones entre ambos padres, quienes tendrán apreciaciones diferentes del comportamiento problemático del niño: El padre se lamenta de que la madre no sólo se ocupa cada vez menos de él, sino que continuamente le reprocha por su poca colaboración en el manejo del niño al que él no ve tan problemático… la madre, por su lado, le reprochará al padre un distanciamiento y poca implicación, y también una supuesta insensibilidad y pasividad ante el comportamiento del niño que ella percibe como caótico. Este mutuo resentimiento sólo intensifica la tensión hogareña y la inefectividad en el manejo educativo del niño, que legitima el viejo refrán de: “a río revuelto, ganancia de pescadores”.

En este contexto las madres refieren una sensación de incompetencia (de ¡ser un fiasco!), por sentirse culpables de haber fracasado en la educación de los hijos —fortalecido por el constante criticismo del esposo y otras personas significativas— y por la sensación de que su matrimonio y toda su vida son un desastre. La resultante es una paralizante depresión o una hostil actitud hacia todo, lo que en su conjunto no es más que una sensación de desesperanza y desamparo que ningún favor le hacen a la educación —¿o reeducación?— del niño.

El impacto de la presencia de un niño “imposible” en el hogar, con el que se convive a diario, se expande de manera tanto directa como indirecta a los hermanos. Directamente los hermanos son víctimas de las agresiones tanto físicas como verbales del niño imposible, que los hace sentirse mal en el hogar y desarrollar ellos mismos conductas hostiles o inadaptadas. Indirectamente se pueden comprometer las relaciones de los hermanos con sus padres, pues se sentirán relegados a un segundo plano al percibir que casi todas las preocupaciones de los padres giran en torno al niño imposible, que les roba la atención y cariño que creen merecer. Esto los puede llevar a comportamientos inadaptados en la competencia por la atención de los padres.

Estos últimos, a su vez, pueden tener elevadas expectativas compensatorias para con los hermanos, con exigencias de que sean un dechado de virtudes, una especie de “niño modelo” que reivindique el “fracaso” educativo con el niño “problema”. Se trata por lo regular de expectativas tan elevadas que, lejos de favorecer, lo que hacen es enturbiar las relaciones con los padres y complicar más aún la ya compleja situación familiar… lo que nuevamente en nada favorece un mejor comportamiento del niño.

Pero el impacto de las conductas inadaptadas del niño problema no se limita a la vida familiar, con frecuencia se generaliza a otros miembros de la familia extendida (abuelos, tíos, primos, etc.) quienes por lo general se distancian o asumen posiciones críticas y de rechazo al mal comportamiento del pequeño e insisten en aconsejar a los padres de este sobre como “deberían” tratarlo. Esto último en ocasiones —¡ironías y paradojas de la vida!— está reforzado por el hecho de que, según Webster-Stratton y Herbert:

“…algunas veces los niños no se comportan tan mal con los abuelos como sí lo hacen en el hogar…”

lo que significa una devaluación adicional a los ya desesperanzados padres quienes se sumen más aún en su sensación de desamparo e incompetencia; sensación que en nada contribuye a un mayor control del niño “problema” y por el contrario fortalece su comportamiento inadaptado.

Finalmente, el impacto de ser padre o madre de un niño con trastornos de conducta extiende a casi todo el sistema de relaciones interpersonales con la comunidad. El comportamiento inadaptado del niño “problema” conduce a un rechazo por parte de muchos miembros de los diferentes contextos humanos en que se mueven los padres, a una estigmatización y un aislamiento social… lo que se complica más aún, por cuanto los padres se “auto-aislarán” para evitar reproches y censuras y llegan a “enquistarse” en la vida hogareña lo que empeora la situación, dado que la diaria convivencia en el reducido espacio físico del hogar, lejos de relajar, tensa más aún una compleja situación que se hace intolerable.

Y es lamentable, según nuestra experiencia profesional, que cuando así ocurre es a la madre a quien —según la popular expresión— le toca “bailar con la más fea”, quien en más desventajosa posición queda, no sólo por ser quien más tiempo permanece con el niño y debe, en consecuencia, ser quien imponga (¿…?) la autoridad, sino porque con más frecuencia de la deseada otros miembros que pudieran ayudar, literalmente huyen de una situación ya desgastante: los hermanos, en cuanto pueden, no permanecen un minuto en casa y el padre sale a buscar aires más “frescos” que suelen conducir a rupturas matrimoniales y el distanciamiento paterno del hogar… lo que agudiza la situación pues ahora no sólo ya el niño ha visto perdida o debilitada la autoridad del padre (que como dijimos con anterioridad puede ser un efectivo muro de contención de la conducta inadecuada del pequeño), sino que la madre se sentirá más desamparada aún, abandonada afectivamente y por tanto más auto devaluada.

Entonces, amigo lector, ¿son en realidad tan culpables los padres por tener un niño “problema”? ¿No son también, en realidad, un poco víctimas? ¿No sería preferible en muchos casos —¡no todos!— tratar de comprenderlos y ayudarlos antes de censurarlos?

Unas palabras finales —¡por ahora!—, concluir aquí puede dejar a los que me lean una sensación demoledora de que ¡no hay nada que hacer! Nada más lejos de la realidad, es mucho lo que se puede hacer en aras de, al menos, mejorar y afrontar con una óptica más optimista situaciones como la descrita, pero este espacio es reducido, ¡dejémoslo como pronta continuación de este trabajo!

Obtenido de http://www.sld.cu/saludvida/jovenes/temas.php?idv=6206

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Sábado 15 / septiembre / 2018

Progresar en la calidad de vida del niño con dolor, legítima aspiración humanitaria del niño como persona con plenos derechos

Filed under: Publicaciones nacionales — prevemi — septiembre 15th, 2018 — 11:15

Es un editorial la Revista Cubana de Pediatría en su volumen 87, número 4 de octubre a diciembre del 2015. Sus autores, Ubaldo González Pérez y Alina Alerm González plantean que la subestimación del dolor en el niño constituye una queja frecuente en artículos de la literatura internacional. Que sea un problema casi olvidado por la Pediatría, no parece depender de las carencias propias de países en vías de desarrollo, sino que es un fenómeno mundial, que se evidencia con mucha frecuencia, y que muchas veces se asienta en criterios arraigados en la cultura sobre el dolor infantil y su pobre valoración ética, de los derechos del niño. Por su complejidad, la desactualización en el tema y el “olvido” existente, no pueden atribuirse a la voluntad de los pediatras, ya que sería injusto y alejado de la verdadera esencia del problema.

Leer el editorial completo en: http://www.revpediatria.sld.cu/index.php/ped/article/view/3/2

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Miércoles 12 / septiembre / 2018

La violencia en salud, como problema médico legal y ético

Filed under: Tema de actualización — prevemi — septiembre 12th, 2018 — 21:52

Violencia intrafamiliar La violencia en salud, como problema médico, legal y ético

Daisy Virgilí JiménezI, Daisy Ferrer MarreroII, Yadira Leal RiveroIII

IEspecialista Primer Grado de Medicina Legal y Medicina General Integral. Instructora. dvirgili@infomed.sld.cu

IIEspecialista Segundo Grado en Anatomía Patológica. Profesora Auxiliar. dferrer@infomed.sld.cu

IIIEspecialista Primer Grado de Medicina Legal y Medicina General Integral. Instructora. yadiraleal@infomed.sld.cu

RESUMEN

Introducción: la violencia, como fenómeno histórico, encuentra relación con las condiciones y procesos, conllevando procederes y situaciones específicas.

Objetivo: caracterizar los aspectos éticos y sociales presentes en las actuaciones medicolegales en la violencia, considerada como problema de salud.

Material y Métodos: se emplean métodos teóricos y empíricos, atendiendo a las características de la ética médica durante sus actuaciones.

Resultados: el comportamiento ético de los médicos legistas durante sus actuaciones, le incluye como testigo, certificador y perito. En sujetos vivos, deben respetarse las normas, cuidar las expresiones, escuchar pacientemente, respetando la dignidad. En el levantamiento y la necropsia se recomienda cumplir lo establecido, manteniendo una conducta de respeto al cadáver.

Conclusiones: entre otras, la violencia como un problema de salud, implica actuaciones medicolegales, en vivos y fallecidos, generando relaciones, con fundamentos y características propias; estando presentes, con peculiaridades, los principios éticos y, particularmente, los de la ética médica cubana.

Palabras clave: actuaciones médicolegales, violencia, ética, ética médica.

Disponible en: http://scielo.sld.cu/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1729-519X2013000200016&lng=es

Nota: imagen ontenida de Internet.

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Viernes 7 / septiembre / 2018

Cómo criar a los niños para que se opongan a la violencia: lo que usted puede hacer

Filed under: Para la familia — prevemi — septiembre 7th, 2018 — 10:03

logoLas investigaciones indican que la conducta violenta o agresiva suele aprenderse a una edad temprana. Sin embargo, los padres, familiares y otras personas que cuidan niños pueden ayudarles a aprender cómo enfrentar sus emociones sin usar la violencia.

Casi todos los días las noticias cuentan historias sobre niños que cometen actos de violencia, a menudo contra otros niños.

Las investigaciones indican que la conducta violenta o agresiva suele aprenderse a una edad temprana. Sin embargo, los padres, familiares y otras personas que cuidan niños pueden ayudarles a aprender cómo enfrentar sus emociones sin usar la violencia. Los padres y otras personas pueden también tomar medidas para reducir o minimizar la violencia.

Sugerencias para tratar con los niños

Los padres desempeñan un papel valioso para reducir la violencia al criar sus hijos en hogares seguros y llenos de afecto. Aquí presentamos algunas sugerencias que pueden resultar útiles. Es posible que no pueda seguir cada una exactamente, pero hacer todo lo que esté a su alcance supondrá una gran diferencia en las vidas de sus hijos.

Brinde a sus hijos amor y atención constantes

Cada niño necesita una relación fuerte y afectuosa con un padre u otro adulto para sentirse seguro y desarrollar un sentido de confianza. Hay menos probabilidad de que se desarrollen problemas de conducta y delincuencia en niños cuyos padres participan en sus vidas, en especial a una corta edad.

No es fácil demostrarle amor a un niño todo el tiempo. Puede resultar incluso más difícil si usted es joven, no tiene experiencia, su familia es monoparental, o si su hijo está enfermo o tiene necesidades especiales. Si su bebé parece sumamente difícil de cuidar y consolar, analice esto con su pediatra, con otro médico, un psicólogo o un proveedor de salud mental, quienes pueden darle consejos y recomendarle clases para padres en su localidad que enseñan formas positivas de lidiar con las dificultades en la crianza de los hijos.

Asegúrese de que sus hijos sean supervisados

Los niños dependen de sus padres y familiares para recibir aliento, protección y apoyo a medida que aprenden a pensar por sí mismos. Sin la supervisión adecuada, los niños no reciben la orientación que necesitan. Los estudios indican que los niños sin supervisión suelen tener problemas de conducta.

Insista en saber dónde están sus hijos en todo momento y quiénes son sus amigos. Cuando no pueda vigilar a sus hijos, pídale a una persona de confianza que los vigile por usted. Nunca deje a niños solos en la casa, aunque sea un breve período.

Anime a los niños en edad escolar y mayores a participar en actividades extracurriculares supervisadas como equipos deportivos, programas de tutoría o recreación organizada. Inscríbalos en programas comunitarios locales, en especial aquellos dirigidos por adultos cuyos valores usted respeta.

Acompañe a sus hijos a actividades de juego supervisadas y observe cómo se llevan con los demás. Enséñeles a sus hijos cómo responder adecuadamente cuando otros recurren a insultos o amenazas o lidian con el enojo dando golpes. Explíqueles que esas no son conductas adecuadas y anímelos a mantenerse alejados de los niños que se comportan así.

Muestre a sus hijos conductas adecuadas con su ejemplo

Los niños suelen aprender siguiendo un ejemplo. La conducta, valores y actitudes de los padres y hermanos tienen una gran influencia en los niños. Los valores de respeto, honestidad y orgullo de su familia y las tradiciones pueden ser fuentes importantes de fortaleza para los niños, en especial si se enfrentan con presiones negativas de otros niños de su edad, viven en una zona violenta o asisten a una escuela en una zona peligrosa.

La mayoría de los niños actúan agresivamente a veces y pueden golpear a otra persona. Sea firme con sus hijos con respecto a los posibles peligros que implica una conducta violenta. Recuerde también elogiar a sus hijos cuando resuelvan problemas en forma constructiva y sin recurrir a la violencia. Es más probable que los niños repitan las buenas conductas cuando son recompensados con atención y elogios.

Los padres alientan a veces conductas agresivas sin saberlo. Por ejemplo, algunos padres piensan que es bueno para un niño aprender a pelear. Enséñeles a sus hijos que es mejor solucionar las riñas hablando con calma, y no con puñetazos, amenazas o armas. Y más importante aún, no les pegue a sus hijos.

Sea consecuente con las reglas y disciplina

Cuando establezca una regla, aténgase a ella. Los niños necesitan una estructura con expectativas claras para su conducta. Establecer reglas y luego no hacerlas cumplir resulta confuso, esto puede suscitar que los niños se salgan con la suya.

Para establecer las reglas, los padres deben hacer participar a los niños siempre que sea posible. Explíqueles qué espera y cuáles son las consecuencias de no seguir las reglas. Esto los ayudará a aprender a comportarse de un modo que sea beneficioso para ellos y para quienes los rodean.

Mantenga la violencia lejos de su hogar

La violencia en el hogar puede causar miedo y ser dañina para los niños. Los niños necesitan un hogar seguro y lleno de afecto donde no tengan que crecer con miedo. Un niño que ha visto violencia en su hogar no siempre se vuelve violento, pero hay más probabilidad de que trate de resolver los conflictos a través de la violencia.

Procure que su hogar sea un lugar seguro y no violento, y siempre desanime el comportamiento violento entre hermanos. Tenga en cuenta también que las discusiones hostiles y agresivas entre los padres asustan a los niños y les dan un mal ejemplo.

Si hay situaciones de abuso o lesión física o verbal entre personas en su hogar, obtenga ayuda de un psicólogo u otro tipo de proveedor de salud mental. Este profesional lo ayudará a usted y a su familia a entender por qué se produce la violencia doméstica y cómo detenerla.

Procure que sus hijos no vean demasiada violencia en los medios de comunicación

Un informe publicado a comienzos de este mes confirmó nuevamente que ver demasiada violencia en televisión, en las películas y en los videojuegos puede tener un efecto negativo en los niños. Usted como padre, puede controlar la cantidad de violencia que sus hijos ven en los medios de comunicación. Estas son algunas ideas:

Limite el tiempo de ver televisión de 1 a 2 horas por día.

Asegúrese de saber qué programas de televisión miran sus hijos, qué películas ven y a qué tipos de videojuegos juegan.

Hable con sus hijos sobre la violencia que ven en los programas de televisión, en las películas y en los videojuegos.

Ayúdelos a entender cuán doloroso sería en la vida real y las graves consecuencias de las conductas violentas.

Analice con ellos maneras de resolver problemas sin recurrir a la violencia.

Ayude a sus hijos a oponerse a la violencia

Apoye a sus hijos a oponerse a la violencia. Enséñeles a responder con palabras firmes pero manteniendo la calma cuando otros insultan, amenazan o golpean a otra persona. Ayúdelos a entender que se necesita más coraje y liderazgo para oponerse a la violencia que para secundarla.

Ayude a sus hijos a aceptar y llevarse bien con otras personas de diversas razas y origen étnico. Enséñeles que criticar a las personas porque son diferentes es algo hiriente y que insultar es inaceptable. Asegúrese de que entiendan que usar palabras para comenzar o alentar la violencia, o aceptar silenciosamente una conducta violenta, es dañino. Advierta a sus hijos que las amenazas y los actos de intimidación pueden derivar en violencia.

Obtenido del sitio: American Psychological Association, disponible en: http://www.apa.org/centrodeapoyo/violencia.aspx

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Sábado 1 / septiembre / 2018

Bullying: aspectos históricos, culturales y sus consecuencias para la salud

Filed under: Publicaciones nacionales — prevemi — septiembre 1st, 2018 — 8:39

INTRODUCCIÓN

Desde la antigüedad la violencia estaba implícita en el método educativo, partiendo de la creencia de que “la letra entra con sangre”, frase que nace en la edad media y que traduce la concepción que guiaba los procesos educativos en aquellos tiempos.1

Esta concepción sugiere que la violencia física era necesaria para educar al niño. Por ejemplo, en Roma, Horacio hace referencia a Orbillo el palmoteador, un maestro que empleaba los azotes como forma de educación; los hebreos azotaban a los niños y les negaban el pan. En la edad media, los jesuitas tenían una persona que llamaban corrector, encargada de suministrar golpes a estudiantes con conductas inadecuadas. Pero a partir de la influencia de Jean-Jacques Rousseau, que propone una visión distinta del proceso de enseñanza-aprendizaje, se inicia una nueva concepción que culmina en la visión de la infancia como un concepto consolidado, y con la aparición de los derechos del niño a mediados del siglo XX.1

La influencia de los nuevas teorías psicológicas a principios y mediados del siglo XX, de autores como Jean Piaget y Lev Vygotsky, influyen en los nuevos paradigmas educativos. Así surge el constructivismo que introduce la idea de que el sujeto construye sus propios conocimientos y el docente es un facilitador. Este método se opone a la idea tradicional prevaleciente en la historia de que el docente es una autoridad incuestionable y el estudiante, un simple receptor de conocimientos…

Leer el artículo completo en: http://www.revmgi.sld.cu/index.php/mgi/article/view/277/132

Autores: Miguel Lugones Botell, Marieta Ramírez Bermúdez

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