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Lunes 23 / julio / 2012

Profesor Joaquín Bueno Leza

Filed under: Historia y celebridades — cardiocirugia — julio 23rd, 2012 — 21:31

14696-fotografia-g4Soy un obrero de la medicina

Por Paquita Armas Fonseca 

En el poblado  de Guisa, de la actual provincia Granma, el seis de enero de 1935, quizás ninguno de los vecinos pensó que aquel bebé recién nacido, Joaquín Bueno Leza, puro retoño guajiro, sería un importante cardiólogo.

Pero la realidad siempre más rica que cualquier ficción, permitió al muchacho estudiar, llegar a la universidad y graduarse de médico. Entonces empezó su “aprendizaje humano” en hospitales rurales en los que trabajó o dirigió.

Luego se acercó a la cardiología para convertirse en uno de los médicos que más marcapasos ha puesto en Cuba y suplir de esa forma su sueño frustrado de ser cirujano.

El Dr Bueno ha realizado numerosas investigaciones y publicado importantes estudios, además de formar a otros profesionales en ese proceder de colocar “un aparatico” para que el corazón funcione mejor.

Profesor consultante, especialista de Segundo Grado en Cardiología, el Dr Bueno ha recibido numerosas reconocimientos incluido el otorgado por la Sociedad de Cardiología de Centroamérica y el Caribe que  lo premió por la obra de toda su vida, un galardón que sólo poseen en Cuba cinco especialistas en ese desempeño cardiológico. Gusta decir que es “un obrero de la medicina que siempre está rodeado de gente muy capaz y laboriosa.”

-¿Qué recuerda del campo de su niñez? ¿Cómo no terminó siendo un agricultor, tal vez innovador en algún sembrado?

Una niñez feliz con un cuidado esmerado de mi padre y mi madre, que a pesar de ser pobres nunca me dejaron andar descalzo gracias a los tenis US Keds y una alimentación adecuada, por lo cual crecí saludable.  También recuerdo cosas fuertes como un machetazo  dado, sin querer, por otro guajirito mientras cortábamos calabaza para alimentar los cerdos. Me hirió tres dedos y la última falange del meñique de la mano izquierda quedó colgando de una  pequeña  porción de piel  y un campesino de la localidad quiso cortarlo con una tijera y ante mi llanto, papá me montó en un caballo y recorrió 24  kilómetros hasta Guisa donde su hermano médico lo curó y suturó y dijo: si dentro de 5 días se pone prieto te lo tengo que cortar. Por suerte  prendió bien  y seguí siendo Quino, como me decía la familia; de lo contrario me hubieran dicho Quino el mocho.

Mi padre trabajó en el campo desde muy joven, leyó mucho y tenía mirada al futuro. Le pagó la carrera a un hermano  en Francia y Estados Unidos y siempre dijo que yo tenía que ser médico y lo cumplió. Yo lo obedecí  por lo cual no me dio chance de cogerle mucho  gusto al campo.  Cuando papá pudo compró una casita en Bayamo, en 800 pesos, y trajo a su mamá para  que me cuidara y asistiera a la escuela donde comencé en el tercer grado. Con la Cartilla mis padres me enseñaron a leer y escribir. Todas las vacaciones las pasaba en la sierra  en los trajines del café, donde mi padre comenzó a tumbar monte para hacer cafetales no había escuela en muchos kilómetros a la redonda. Con papá no había nada que innovar, sabía mucho de agricultura, era un gran apicultor y sembraba todos los vegetales conocidos.

- ¿Por qué se decidió a estudiar medicina? ¿Quién o quienes influyeron en esa vocación?

Como le cuento antes, me “decidieron” a ser médico. Papá era apasionado de esa carrera y yo un hijo obediente y respetuoso, no quería para mí  lo que tuvo que hacer él al quedarse a cargo de la familia y tener que trabajar el campo desde joven.

- Me han dicho que viajó a Estados Unidos cuando cerraron la Universidad de La Habana a finales de los años 50 ¿por qué no intentó hacer su carrera allá?

Viajé a Estados Unidos con mi hermana, que estudiaba Farmacia, enviados por papá, en el año 57. Fuimos a parar al Estado de Virginia, a una escuela de comercio; creo que el objetivo de papá era que aprendiéramos el idioma inglés mientras estuviera cerrada la Universidad. Considero que en ese momento la situación económica familiar no daba como para continuar estudios de esas carreras en Estados Unidos. Regresé el 24 de Febrero de 1959 cuando reabrió la Universidad.

-Usted trabajó en hospitales rurales ¿qué diferencia existe con los citadinos?

Me estrené como médico en Junio del 63, en el rango de director de un pequeño hospital en el Central Frank País de Cayo Mambí; a los 8 meses me trasladaron para Moa como director del  Hospital Pedro Soto Alba, de 100 camas. Fue una experiencia muy bonita. En Cayo Mambí aprendí de unos enfermeros, que les llamaban practicantes, con una gran experiencia por tantos años de trabajo.  Creo que la gran diferencia con los hospitales citadinos, es la oportunidad que uno tiene en los hospitales pequeños de llegar a sentir a los pobladores y pacientes de esos lugares como si fueran familia y ellos le brindan a uno igual sentimiento.  Allí uno tiene que desarrollar su ingenio ya que no lo tiene todo a la mano. Han pasado tantos años y todavía quedan muchos ¨familiares¨ ganados con el Servicio Social Rural en aquellas dos localidades.

- ¿Cuándo se decide por la cardiología? ¿Por qué?

Al regreso del Servicio Social Rural quise hacer la residencia en Medicina Interna y la comencé en  el Hospital Comandante Manuel Fajardo. En ese primer año conocí al Profesor Alberto Hernández Cañero, cardiólogo jefe  en esa especialidad  y como no me sentía bien en Medicina Interna me le acerqué y le pedí me aceptara en su servicio para hacer la especialidad de Cardiología y felizmente fui aceptado.

- Usted ha declarado que aprendió la técnica de poner marcapasos con Noel González ¿Qué lo llevó a inclinarse a esa entonces novedosa técnica?

Cuando comencé la carrera de medicina tuve inclinación hacia la cirugía y estando en el segundo año de la carrera fui al Hospital Reina Mercedes a ver a un tío de mi madre que era cirujano en vías digestivas y tenía la sala San Salvador en dicho hospital ; me presenté mencionando el parentesco y a pesar que iba con mi bata sanitaria de bajo costo me preguntó que estudiaba y al decirle,  medicina, me dijo en tono algo despectivo: vete de aquí y no vuelvas hasta que estés en el quinto año de la carrera. Nunca más volví a verlo. Cuando estaba en el tercer año de la Especialidad de Cardiología comenzó el Dr. Noel González a aplicar el método de implantar los marcapasos por vía endovenosa que suplió a la toracotomía y como llevaba aquel deseo por la cirugía le hablé y me aceptó para que aprendiera este novedoso y fácil proceder.

-¿Cuánto se ha desarrollado esa técnica en Cuba? ¿Tiene un  aproximado de cuantos pacientes  han sobrevivido o mejorado la calidad de vida por ese “aparatico”?

Sin exagerar  puedo decirle que en nuestro país, técnicamente, estamos al mismo nivel que cualquier país desarrollado. Ponemos los mismos equipos que los países más desarrollados (marcapasos unicamerales, bicamerales, tricamerales, desfibriladores simples y con marcapasos acoplados).  La calidad de vida de los pacientes con marcapasos es igual que la de cualquier paciente sin marcapasos el campesino sigue laborando la tierra, el pelotero sigue jugando pelota y el buzo buceando y la mujer en época reproductiva pariendo, con esto quiero decirle que la calidad de vida es óptima y sobreviven como cualquier persona sin marcapasos.

-¿Qué significa para Usted el Instituto cubano de cardiología y cirugía cardiovascular?

Ha sido mi segunda casa. Me he entregado a él desde 1969 y todavía vivo ahí ya que sigo poniendo marcapasos una vez por semana y hasta dos si fuera necesario y atendiendo la consulta de marcapasos

- ¿Nunca quiso ser cirujano? ¿Por qué?

Por supuesto que sí. Ya le conté la mala acogida por un pariente que tenía todas las posibilidades para haberme ayudado. Si en aquella época un familiar no me dio la mano pensé que un extraño menos me ayudaría pero llegó el  momento que un eminente cardiólogo clínico y luego un eminente cirujano cardiovascular me ayudaron  a cumplir parte de ese sueño. Para ellos mi agradecimiento eterno.

-¿Cómo valora el desarrollo de la cirugía en Cuba?

Creo que esta pregunta debería contestarla un cirujano cardiovascular pero me voy a aventurar a decirle algo muy personal, antes le dije, que conozco la cirugía cardiovascular desde 1969 cuando el  Instituto de Cardiología y Cirugía Cardiovascular (ICCCV) se realizaban hasta 4 operaciones diarias. Hace unos años nuestros cirujanos tuvieron que operar en el Hospital Naval y luego en el Hospital Hermanos Ameijeiras lo cual, según mi parecer, ocasionó debilitamiento del concepto de equipo. Actualmente ya de regreso en el ICCCV, confrontan una serie de problemas de equipamiento y personal  de apoyo que no les ha permitido retomar los días de gloria de nuestra institución.

- Usted declaró que de vez en vez escribía versos ¿le regala algunos a los lectores de esta página?

MISIÓN INTERNACIONALISTA

Una labor de gigantes

Que ennoblece al ser humano

Cuando extiende la mano

A todos los continentes

 

Un abrazo de solidaridad

Al que está más desvalido

En un rincón preterido

Viviendo en la obscuridad

 

Un rayo de luz divino

Lleno de amor y de ciencia

Que brota de la conciencia

Para cambiar el destino

 

Una llama en el camino

Que alumbra hacia el futuro

Siempre con paso seguro

Y un sentimiento prístino

 

Un mandato de los buenos

Que luchan por la victoria

Para escribir en la historia

Que con amor venceremos

 

Amor para el leal

Que dejó comodidades

Y venció dificultades

¡HONOR! a su regreso triunfal.

 

Esta poesía fue escrita el 27 de junio del 2010.

Quiero darle las gracias por haberme dado la oportunidad de contarle algo de mis vivencias en esta profesión.

 

 

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Sábado 9 / junio / 2012

Profesor René Favorolo

Filed under: Historia y celebridades — cardiocirugia — junio 9th, 2012 — 11:02

favaloroMerecía una vida más allá de la muerte

Por Paquita Armas Fonseca

La religión católica, o casi ninguna creencia aprueban el suicidio. Lo consideran un asesinato sobre la persona que se quita la vida. ¿Y si ese ser humano ha salvado a miles de hombres y mujeres, no sólo por su atención personal sino por un descubrimiento trascendental, también merece ir a las calderas de ese infierno del que se habla?. Yo creo que no, y si se trata del médico argentino René Favaloro mucho menos, a él en lo particular, de existir una vida más allá de la muerte, yo se la daría plena y cumpliendo todos sus deseos.

Es que cuando René Favorolo se apuntó con un arma en el corazón el 29 de julio del 2000, había tomado una decisión sensata para un hombre de principios que le había escrito pidiendo ayuda hasta a Fernando de la Rúa, presidente entonces de Argentina, que siguiendo los patrones de Carlos Menen había sumido a su país en la más despiadada crisis.

En su carta de despedida Favorolo, luego de realizar una intensa crítica al gobierno argentino y explicar cómo lo han llevado a tan drástica decisión dice “ No se hable de debilidad o valentía. El cirujano vive con la muerte, es su compañera inseparable, con ella me voy de la mano. Sólo espero no se haga de este acto una comedia. Al periodismo le pido que tenga un poco de piedad.

Estoy tranquilo. Alguna vez en un acto académico en USA se me presentó como a un hombre bueno que sigue siendo un médico rural. Perdónenme, pero creo, es cierto. Espero que me recuerden así.

En estos días he mandado cartas desesperadas a entidades nacionales, provinciales, empresarios, sin recibir respuesta.

En la Fundación ha comenzado a actuar un comité de crisis con asesoramiento externo. Ayer empezaron a producirse las primeras cesantías. Algunos, pocos, han sido colaboradores fieles y dedicados. El lunes no podría dar la cara.

A mi familia en particular a mis queridos sobrinos, a mis colaboradores, a mis amigos, recuerden que llegué a los 77 años. No aflojen, tienen la obligación de seguir luchando por lo menos hasta alcanzar la misma edad, que no es poco.

Una vez más reitero la obligación de cremarme inmediatamente sin perder tiempo y tirar mis cenizas en los montes cercanos a Jacinto Arauz, allá en La Pampa.

Queda terminantemente prohibido realizar ceremonias religiosas o civiles.”

Razón de sobra tuvieron algunos académicos norteamericanos para presentarlo como lo que siempre fue un hombre bueno. René Gerónimo Favaloro había nacido en La Plata, el 12 de julio de 1923, hijo de un carpintero y de una modista. Vivió sus primeros años en el barrio El Mondongo, de inmigrantes. De su padre logró una sorprendente habilidad manual y en los terrenos cercanos amó el futbol, fue un alumno aplicado, que hizo de la autodisciplina una filosofía de vida.

A pesar de que pudo optar por otras carreras se inclinó por la medicina y en 1949 se graduó en la Universidad Nacional de La Plata. A la par de los griegos consideraba a esta profesión como un apostolado. Su tesis la dedicó a una mujer que le mostró el valor de la tierra “A mi abuela Cesárea, que me enseñó a ver belleza hasta en una pobre rama seca”.

Al ser un excelente alumno pudo quedarse como residente en un hospital de La Plata, pero para hacerlo tenía que firmar un documento en el que decía que era peronista. No lo aceptó y un año después de graduarse, por gestiones de su tío se instaló en Jacinto Aráuz, un perdido pueblito de La Pampa.

Allí se hizo lo que siempre consideró un gran mérito: médico rural. En ese medio vivió con María Antonia, su esposa que fue su novia de la escuela secundaria. Años después un cáncer se la llevaría.

En uno de sus libros Recuerdos de un médico rural, cuenta: “En ella empezamos a organizar eso que llamamos clínica y que, en verdad, era sólo un centro asistencial adecuado a las necesidades de la zona”.

Pero el investigador que llevaba dentro lo hizo buscar nuevos horizontes. Con muy poco recursos viajó a los Estados Unidos, a la Cleveland Clinic, para acrecentar sus conocimientos en cardiología. Trabajó duro y su talento logró imponerse.

Ya en 1967 Favaloro comenzó a pensar en la posibilidad de utilizar la vena safena en la cirugía coronaria. Practicó tal técnica en mayo de ese mismo año. Cuando se estandarizó tal proceder quirúrgico llamado del bypass o cirugía de revascularización miocárdica, realizó el trabajo fundamental de su carrera. Su fama corrió hacia los cuatro puntos cardinales porque el procedimiento cambió totalmente la historia de la enfermedad coronaria.

En 1970 publicó su libro Surgical Treatment on Coronary Arteriosclerosis, que fue editado en español como Tratamiento Quirúrgico de la Arteriosclerosis Coronaria. Actualmente sólo en Estados Unidos se realizan entre 600.000 y 700.000 cirugías de ese tipo por año.

El aporte de Favoloro no fue fruto de la casualidad sino la consecuencia de horas dedicadas a la investigación y dijo que no era su mérito personal sino del equipo con el que trabajaba.

“Siempre hablo en plural: creo que el mundo individualista se terminó. El que crea que tiene dotes sobrenaturales y poderes de superdotado está totalmente equivocado. Se le han ido muchos humos a la cabeza. El hombre vive hoy en un mundo colectivo, nos guste o no nos guste. Un mundo social. En medicina es igual: el hombre superdotado no puede hacer nada sin un grupo de gente trabajando” le confesó a un reportero

Reconocido en los Estados Unidos y con posibilidad de trabajar en cualquier lugar del mundo, en 1971 decidió regresar a la Argentina, su patria, para conseguir un sueño: un centro de excelencia similar al de la Cleveland Clinic, que combinara atención médica, investigación y educación.

Con ese fin forjó la Fundación Favaloro en 1975 junto con otros colaboradores. Para este hombre de la Pampa su mayor orgullo fue haber formado más de cuatrocientos cincuenta residentes provenientes de todos los puntos de la Argentina y de América latina (Alumni).

Además de otros aportes, en 1992 logró inaugurar en Buenos Aires el Instituto de Cardiología y Cirugía Cardiovascular de la Fundación Favaloro, entidad sin fines de lucro. Enarboló un lema “tecnología de avanzada al servicio del humanismo médico”, por eso al lado de los servicios altamente especializados en cardiología, cirugía cardiovascular y trasplante cardíaco, pulmonar, cardiopulmonar, hepático, renal y de médula ósea, continuó su labor en la prevención de enfermedades.

En el año 2000 Argentina gracias al patrón neoliberal se había sumergido en una total crisis económica y política. La Fundación Favaloro estaba endeudada en unos 75 millones de dólares, y a las solicitudes de su fundador la única respuesta que llegaba es que se plegara a las reglas del mercado: pocos médicos, altos costos de la asistencia y llevar a cero las investigaciones hasta que llegaran tiempos mejores.

Favaloro que fue miembro activo de 26 sociedades, correspondiente de 4, y honorario de 43, mereció los más altos galardones en países altamente desarrollados, publicó seis libros –incluso uno de historia sobre José de San Martín- además de centenares de ensayos sobre su especialidad, decía de que “era un mendigo en su país”.

En una entrevista el prominente cirujano dijo “lo planifiqué muy bien, profundicé mi inglés y me fui a los Estados Unidos. Ahí estuve diez años, y a pesar de que a los cuatro años casi es una exigencia hacerse ciudadano de ese país, yo nunca me hice, me toleraron. Quizás porque me necesitaban. No porque creo mucho en eso de la nacionalidad en ese sentido, pero nunca me hice y puedo volver a los Estados Unido en cualquier momento. Yo pecaría de muy centrista o no sé cómo llamarlo si contara todas las ofertas que tengo a diario para volver a los Estados Unidos. A lo mejor se me critica por eso, pero lo tengo que decir: en febrero, en la última reunión del Colegio Americano de Cardiología se me ofreció la jefatura de uno de los servicios más importantes de cardiología de los Estados Unidos. Mi respuesta fue: “Los huesos míos se van a enterrar en la Argentina”, porque cuando yo decidí venir, volví en forma definitiva. Me dijeron que me iban a esperar dos años y les contesté que había decidido jugarme acá, en mi país. Y entonces, además de contribuir con lo mucho o poco que sé con todo este equipo de hombres maravillosos que me secundan y esta juventud que realmente estudia y se sacrifica, quiero también hacer algo para obrar así, públicamente, insisto, no como político, porque jamás lo voy a ser, no tengo aspiración en ese sentido, soy médico y nada más que médico, pero quiero decir que el país entienda que esta tragedia tremenda que vivimos no es una cosa de casualidad, tiene una explicación y si no se la queremos encontrar es porque queremos ponernos la careta, sin ninguna duda.”

Lo más triste de esta historia es que una buena parte de los argentinos se enteraron de que un compatriota suyo era uno de los cirujanos cardiovasculares más grande del mundo, cuando el 29 de julio se dio a conocer la muerte de Favorolo.

Su suicidio lo veo como una forma de llamar la atención para que su fundación no desapareciera del mapa tal y como él la había concebido, altamente científica y a la vez humana. No logró sus objetivos aunque su carta de despedida fue y es una alerta para todos los médicos que como él hacen de su profesión un sacerdocio.

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