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LOS OJOS DE MARTÍ

By bmn | enero 18, 2013

Fecha de Publicación en Bohemia: 25 de enero de 1963

Fuente: http://www.bohemia.cu/josemarti/marti_comoplochet.htm

Por: ALBERTO PLOCHET

Yo conocí a Martí en la mañana de un día otoñal del año 1885. Estaban en la ciudad de Nueva York a la sazón Máximo Gómez, Antonio Maceo y Flor Crombet, rodeados de un Estado Mayor compuesto de los jefes y oficiales más destacados de la guerra del 68. Recorrían las emigraciones levantando fondos para llevar a cabo la intentona revolucionaria que tuvo tan ruidoso y triste epílogo en el Canal de Panamá con el fracaso de la célebre captura del vapor San Jacinto.

Desde la llegada de aquella “barcada de fieras”, como la tituló Antonio Zambrana, cediendo a los impulsos de mi entusiasmo, y a pesar de mi juventud, pues solamente contaba con quince años de edad, me nombré, yo mismo, “cicerone” voluntario de Gómez, Maceo y Flor, motivo por el cual esa mañana a que aludo, había salido de la casa de Madame Griffou, situada al oeste de la calle Nueve, acompañado de estos tres caudillos, para visitar en la redacción del periódico The Sun, a su editor propietario Charles A. Dana, con el fin de alquilar los salones de Tammany Hall, para celebrar por la noche una junta magna patriótica.

Hicimos el recorrido a pie porque ellos querían conocer esa parte de Broadway; cruzamos con alguna dificultad a Park Row, y al llegar al edificio de The Sun nos encontramos parados y charlando junto a la puerta, a Juan Fraga, presidente del Club Los independientes, y al pedigüeño más tenaz que tenía Cuba: Gonzalo de Quesada, que había venido expresamente, no recuerdo de dónde, para conocer a los caudillos; y Benjamín Guerra.

Después de los saludos y abrazos consiguientes y cuando nos disponíamos a entrar, Juan Fraga exclamó: “Ahí viene José Martí”. Entonces, todavía no le llamábamos Maestro.

Como es sabido, Martí no apadrinó aquella intentona, se oponía a todas esas revoluciones importadas sin que previamente se preparara al pueblo de Cuba para recibirlas; pero a pesar de esto, Martí y los tres jefes se abrazaron con desbordante efusión y cariño.

Yo, que me encontraba en el interior, que estaba algo oscuro, me volví y me encaminé hacia ellos, y cuando llegué a la claridad, me fijé en Martí, de quien había oído hablar vagamente. Los ojos, que a veces cometen el imperdonable error de apreciar equivocadamente el valor de una persona al primer golpe de vista, esta vez no me engañaron, me agradó sobremanera el aspecto general de Martí. Cuando hube apreciado contornos y traje, elevé la vista, fijándome detenidamente en su cara, y entonces fue que vi sus ojos; esos ojos, fueron lo que más me llamó la atención de toda su personalidad, jamás los había visto iguales, acaso en tamaño, pero no en expresión.

Los que conocieron a Martí y lo trataron íntimamente, y llegaron a fijarse en este detalle, me ayudarán a recordar la expresión tierna y melancólica de sus ojos; a veces, muy raras veces, eran vivaces, lanzaban destellos luminosos; pero nunca, nunca miraron iracundos, ni aun cuando piadosamente anatematizaba a los réprobos y austriacantes.

Y esto lo puedo asegurar con el altercado que surgió esa misma noche en el meeting celebrado en Tammany Hall, entre él y Antonio Zambrana. Acontece, que enojado Antonio Zambrana por el retraimiento de Martí, en el discurso que pronunció, fustigó implacablemente a su actitud pasiva, calificándolo de pusilánime, y llegando al extremo de decir, “que los cubanos que no secundaban ese movimiento debían usar sayas”.

Yo cito este caso porque fue cuando más colérico vi a Martí, y para poder extenderme en cuanto a la expresión de sus ojos. Yo estaba parado junto a la plataforma o escenario brillantemente iluminado y desde donde hablaban los oradores. Presidía el meeting Máximo Gómez, ocupando asientos a su alrededor Antonio Maceo, Flor Crombet y los demás jefes y oficiales que los acompañaban.

Martí estaba parado junto a la entrada del gran salón, y cuando se oyó aludido se encaminó precipitadamente hacia el escenario. Había un público desbordante, de todas partes habían acudido los cubanos para conocer a los jefes mambises y para contribuir con su óbolo. Los pasillos estaban llenos de gente, así es que Martí tuvo que empujar y apretujar a los que le estorbaban el paso para llegar al escenario. Yo recuerdo perfectamente bien aquel espectáculo grandioso. Lo que salió de aquel rincón, fue un bólido. Martí llevaba su bombín (derby) agarrado con ambas manos y apoyado sobre el pecho, y se abrió comino como un proyectil lanzado por una catapulta.

Me habían causado tanta impresión sus ojos, que cuando él llegó a la escalinata junto a la cual me encontraba yo parado, me fijé en su cara encendida como una grana, miré a sus ojos, y entonces los vi más rasgados que por la mañana, velados por largas pestaña negras, semicerrados, y noté de lo poco que se veía de ellos, que no lanzaban miradas fulgurantes, que miraba a Antonio Zambrana de hito en hito, lanzándole miradas de compasión como si se apiadara de su error. Así miraban los ojos de Martí.

Cuando subió al escenario le dijo a Máximo Gómez, interrumpiendo al orador, que había sido aludido y que quería hablar. Flor Crombet se levantó y le brindó su asiento, mientras Máximo Gómez le decía, que esperara a que terminase de hablar “el cubano que estaba en el uso de la palabra”.

Y habló Martí, y ni aun cuando le decía a Antonio Zambrana, vuelto hacia él mirándolo cara a cara, que “era tan hombre que apenas si cabía en los calzones que usaba; y eso lo pruebo yo aquí y donde quiera”, ni aun en ese momento tan agudo de su grandilocuente discurso, pude notar en los ojos de Martí, que entonces estaban abiertos en toda su extensión, ni un solo fulgor de rabia o encono, ni un solo centelleo de irancundia; sus ojos, compasivos, irradiaban el inmenso dolor que le causaba “el sacrificio estéril, de tanto cubano útil, de tanto cubano bueno”.

Hubo otro momento esa misma noche, en que vi a esos ojos húmedos, por unas lágrimas que apenas si iniciaron su salida, y que no llegaron a brotar. Sucede que un tabaquero, cuyo nombre no recuerdo, había iniciado la colecta de prendas y dinero en una bandeja grande que había cogido del bar del salón, y cuando llegó a donde estaban sentados Antonio Maceo, Flor Crombet y demás jefes y oficiales, estos se despojaron de cuanta prenda y dinero llevaban encima y las echaron en la bandeja que ya estaba colmada; le tocó el turno a Máximo Gómez, y éste dijo: “Yo no tengo encima más que cobre y hueso, pero no quiero salir abotonado de aquí”. La bandeja llegó frente a Martí, que estaba sentado junto a Máximo Gómez, y yo, que iba ayudando a ese tabaquero, noté que Martí se había levantado como para abrazar a Máximo Gómez, pero la bandeja le estorbó en su intención, se quedó parado, y noté la mirada de infinita ternura, mezcla de admiración y de respeto, que le lanzó a Máximo Gómez; y fue entonces que vi aquellos párpados húmedos, las pestañas pegadas las unas a las otras; pero, abriéndolos repentinamente cuan grandes eran, vi que esos ojos, de negrísimas pupilas, ya no miraban con ternura; se habían trocado en focos luminosos que lanzaban destellos refulgentes como expresando el deseo ardiente del sacrificio de la propia inmolación, y mirando a Gómez y a Maceo, murmuró: “Yo tampoco puedo salir de aquí abotonado, cuando Gómez y Maceo salen desabotonados”.

Así era Martí y así eran sus ojos.

(Revista Bimestre Cubana, 1932).

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