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María Villar Buceta

By bmn | diciembre 26, 2012

Nacida el 21 de abril de 1899, en Pedro Betancourt, Matanzas, María Villar Buceta logró a los 16 años de edad asombrar a los críticos cuando, desde su rincón natal, antes llamado Corral Falso, publicara en órganos de la capital sus primeros poemas y artículos periodísticos. Algunos pensaron que se trataba de un seudónimo tras el cual se escondía un creador veterano. Nadie creía que una adolescente de un pueblito al margen de los espacios artísticos y literarios podía irrumpir en la vida cultural cubana con tanto vigor poético y agudeza de carácter. Tuvo Agustín Acosta que referirse a la niña prodigio para que se despejara la incógnita.

Plena de deslumbrante pureza, en 1921 se trasladó para La Habana con la esperanza de trabajar en el periodismo y seguir desarrollando su obra poética. Desde la muerte de su madre, la muchacha había tenido que asumir las riendas de la casa y el cuidado de sus hermanos. ¡Y yo en medio de todos, Señor, con mi lirismo/ cuán se agota mi espíritu de vivir en sí mismo/ y ver siempre estos rostros pensativos y huraños/ Y así pasan los días, los meses y los años!

La poesía cubana, sosteniendo tras las huellas de Martí y de Casal los pendones de un modernismo disperso e indeciso, como diría Cintio Vitier, buscaba nuevos alientos. Bonifacio Byrne, Mercedes Matamoros, Federico Uhrbach, Dulce María Borrero y otros iban siendo envueltos por un apogeo post que iría al rescate de una expresión de mayor perfección en figuras como Regino E. Boti, José Manuel Poveda y Agustín Acosta. El sentimiento, la ironía, el intimismo, lo parnasiano y simbólico mezclado con el prosaismo y la preocupación social que evolucionaba hacia la vanguardia, la “nueva poesía”. Pichardo Moya, José Z. Tallet, Rubén Martínez Villena, Ramón Rubiera, Andrés Núñez Olano, Juan Marinello, Dulce María y Enrique Loynaz, Regino Pedroso, Mariano Brull, Eugenio Florit, Emilio Ballagas, Ramón Guirao, Nicolás Guillén, Manuel Navarro Luna, Félix Pita Rodríguez….

En La Habana, María Villar Buceta ingresa en la redacción del periódico La Noche, y allí, en 1922, conoce a Rubén Martínez Villena, con quien mantendría hasta la muerte del autor de La pupila insomne la más estrecha amistad. Poco después pasa al Heraldo de Cuba como secretaria de redacción, pero al convertirse este periódico en vocero del general Gerardo Machado, es cesanteada. Los compadres del futuro Asno con Garras no le perdonaron a la joven poeta y periodista sus relaciones con Villena. Con la ayuda de Fernando Ortiz, Emilio Roig de Leuchsenring y Enrique José Varona comienza a trabajar en la Biblioteca Nacional, lo que le permitió descubrir la gran vocación de su vida: bibliotecaria.

En pleno machadato ingresa al Partido Comunista de Cuba, colabora en las revistas Bohemia, Social, Antena y otras publicaciones. En 1927 publica Unanimismo, el único libro de poemas que dio a las prensas. Tendría que llegar la victoria de enero del 59 para que la Editorial Arte y Literatura, en 1979, le publicara una importante selección de sus textos, realizada y prologada por el investigador y crítico Helio Orovio. En esta obra aparecen los poemas de Unanimismo, los poemas no recogidos en libro, escritos desde 1922 hasta 1958, sus poemas inéditos de 1959 a 1976 y un conjunto de sus trabajos en prosa. También diversas valoraciones y opiniones sobre su vida y su obra de un grupo de críticos, poetas y escritores y su bibliografía. El título de esa selección es el mismo que hemos utilizado en este artículo, como un homenaje: María Villar Buceta, poesía y carácter.

Por su proyección intelectual, su actividad política y su poder de captación en el seno de la juventud, los esbirros situados en la Biblioteca Nacional la vigilan y le siguen los pasos. Dice Helio Orovio: “Cada paso de la bibliotecaria, cada libro en sus manos, cada conversación con algún visitante, son seguidos por los sabuesos del régimen”. No obstante, ella se adscribe al Grupo Minorista y no interrumpe su labor dentro del grupo de combatientes antimachadistas y en los espacios artísticos y culturales. Derrocado Machado, al enfrentarse a los grupos que finalmente hicieron posible que la Revolución del 30 se fuera a bolina, como dijera Raúl Roa, fue separada de su trabajo en la Biblioteca Nacional. Y enfrenta una larga etapa de penurias.

En 1934 Federico de Onís la incluye en su Antología de la poesía española y latinoamericana. Y María escribe su ensayo Vida y muerte de Rosa Luxemburgo. En 1938 logra trabajar como bibliotecaria en la Escuela Nocturna Popular del Cerro, pero aparece en la nómina como jornalera de los fosos municipales. Años más tarde, retorna a la Biblioteca Nacional, y allí igualmente debe trabajar como bibliotecaria, incluida en la nómina como jornalera en construcciones escolares. De esta situación sale finalmente al fundarse la Escuela Profesional de Periodismo “Manuel Márquez Sterling” en 1943 y ser llamada para fundar y dirigir la Biblioteca de esa institución. Por esa fecha publica Contribución a la bibliografía de Rafael María de Labra.

Invitada por la Federación Estudiantil Universitaria, ofrece en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, una conferencia magistral sobre Rubén Martínez Villena. En l951 concluye su notable monografía Contribución a la bibliografía del periodismo. Por esa fecha ya yo mantenía cálidas relaciones de amistad con ella gracias a otra ilustre matancera: Dora Alonso, aunque la conocí en la Escuela Periodismo. Con el triunfo de la Revolución su vida se transforma. Traduce el prólogo de la obra Ideología del colonialismo, de Nelson Werneck Sodré. Escribe para la revista Política Internacional del MINREX.

Helio Orovio cuenta lo siguiente: En l962, a raíz de un curso de organización de archivo que impartiría a los estudiantes de diplomacia, supimos que la profesora se llamaba María. Una persona de sólida preparación cultural, de una bondad y calidad humana supremas. Con el mayor interés, tarde a tarde, nos iba adentrando en el mundo de los libros, las síntesis analíticas, las técnicas archiveras. De pronto, al margen de un ejercicio de clase, casi como el que no quiere, interrogada por un alumno, pronunció sus apellidos. Quedé perplejo al saber que aquella señora de edad avanzada, callada, humilde, escurridiza, era una de las figuras literarias más importantes de nuestro país.

Tanto el periodismo como las técnicas bibliotecarias deben mucho a María Villar Buceta en nuestra patria. Sus últimos años los dedicó al Centro de Documentación del MINREX. Su actividad en la etapa semicolonial, frente a los gobiernos y representantes de la oligarquía criolla, erguida siempre en la batalla contra el imperialismo, criolla de profundo amor a la vida y obra de José Martí, a sus compañeros de la generación del 30, a los sueños de una Cuba con todos y para el bien de todos, al socialismo, su paso por entre nosotros no puede ser olvidado, y mucho menos su poesía, su calidad humana, su tenacidad combativa.

Siempre que llega abril releo algunos de sus textos, especialmente sus Colillas, aquellas prosas poéticas que publicó en la revista Social. Y repaso lo que dijera Raúl Roa de ella: “La voz femenina más pura, honda, culta y rebelde de la generación de los nuevos es María Villar Buceta. Su libro de versos, Unanimismo, denota un temperamento ultrasensible, una rica vena poética y una buida penetración en los senos más profundos y dolorosos de la vida. (…) Maneja la ironía con la levedad de un aguijón untado en miel”.

A la promoción de 1923, a los poetas jóvenes de aquel momento en que Mella y Villena organizaban las huestes de la generación del 30, se le llamó “los nuevos”. Los que llegaban con toda la frescura de los transgresores para darle a la poesía y a la revolución en marcha toda la fuerza de la patria que los Céspedes, Agramonte, Maceo, Gómez y Martí conquistaron de pie. En este abril pienso en todo lo que dijeron de María Villar Buceta otras poetas que la conocieron: Renée Méndez Capote, Dulce María Loynaz, Mirta Aguirre, Serafina Núñez, Rafaela Chacón Nardi, Fina García Marruz, etc.

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